Marcelo Ortega, periodista

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viernes, marzo 6

BOBOS

Idiotas. Es lo mejor que se puede decir de los dirigentes del Partido Popular ahora que una parte de la operación Gürtel ya va camino de ser un juicio. Tres extesoreros del PP se sentarán en el banquillo, si nada cambia. El PP como organización no puede ser imputada, porque la ley no lo contempla. Todo puede pasar, incluso que todos se vayan de rositas, aunque los populares, en su penúltima versión sobre los líos de los pagos en B, ya tildaban de delincuente a Luis Bárcenas. Hasta entonces para él habían sido todas las buenas palabras (era un montaje, eran fotocopias, la mano en el fuego por él, oiga), y hasta los mensajes de móvil. Eran unos bobos. Unos idiotas. Si alguien quiere salvar a Mariano Rajoy sólo puede decir de él que es tan tonto que es incapaz de diferenciar a una persona honesta de un chorizo. Hay gente así, es cierto, pero ponerlos a dirigir un partido político quizá no sea lo adecuado. En el PP no lo creen. Los bobos les valen. Intentan pasar página de las explicaciones que nunca han dado. Mariano Rajoy puso la mano en el fuego por Bárcenas (antes por otros, como Baltar) pero la quemazón no alcanza a que nadie cuestione su liderazgo en la calle Génova, esa sede pagada en parte con dinero negro donde Luis el Cabrón tenía “una habitación para dejar sus cosas” después de dejar de trabajar para el PP. Aunque le siguieron pagando. Los bobos tardan en convencerse de su propia estupidez. Hay vendas que tardan en caerse.
Todo esto lo han explicado ya varias veces, dice el presidente del Gobierno, que ya explicó que es bobo. No lo dijo así, pero es lo único que podemos concluir. Es bobo, y antes que él en este filantrópico partido hubo otros bobos, a los que sorprendentemente se les colaban verdaderos maestros de la trampa para sacar provecho del negocio de llevar las cuentas del partido.
Quienes sean tan bobos para confiar su país, su región o su municipio a un bobo podrán creer que no volverá a pasar. Allá ellos. Personalmente no creo que haya tanto bobo. Lo siento, es difícil de imaginar. Si así fuera, lo menos que se puede hacer es poner a los bobos a otra cosa, no cuidando de un rebaño tan grande (el partido) o todo un país. Porque engañabobos hay muchos. Tantos como bobos. Engañabobos haciéndose pasar por bobos también los hay. Atentos.

miércoles, marzo 4

GASSMAN, RISI, Y LOS NUEVOS PARTIDOS

En ‘La marcha sobre Roma’ (Dino Risi, 1962), Vittorio Gassman aparece en los primeros minutos tratando de engatusar a algún incauto haciéndose pasar por excombatiente de la Primera Guerra Mundial, a fin de conseguir casi cualquier cosa: un trabajo, unas monedas, un cigarrillo. Finalmente uno de los bien vestidos que se cruza con él se lo lleva a una taberna. No es un cualquiera: es uno de los que está lanzando el movimiento fascista. Sentados a la mesa, antes de que llegue el camarero para tomar la comanda, al personaje de Gassman le dan un papel para leer: el muchacho lo coge entusiasmado y comprueba que son los puntos básicos del programa político fascista. Con una mueca, se muestra contrariado y piensa en voz alta: «Pensaba que el papel era lo que tenían de menú».
Revisé hace poco la película de Risi, toda una lección de historia italiana y europea que entre otras cosas pone el foco -con mucha mala leche- en los oportunistas que saben ir de un sitio a otro buscando el lugar idóneo desde el que enfocar los días por venir. Ahora que vivimos un tiempo de nuevos partidos y que tanto dan que hablar, no está de más recordar que nunca faltan los oportunistas que entrar en una u otra opción prometiendo trabajar por el bien común para después pensar sólo en su interés particular. La vieja historia, sí. Las malas personas, o los interesados, que los hay en partidos de toda condición, como los habrá en las asociaciones de vecinos. Alrededor mío suelo escuchar opiniones que van un paso más allá, y que refrendan esa idea tampoco nueva de que hay que desconfiar de cualquier persona que se ofrezca para hacer algo por los demás. Me parece una idea muy reaccionaria, creer que lo del compromiso de las personas para con sus semejantes siempre tiene truco. Viene a decir que todos somos iguales, pero para mal: Todos somos egoístas, miramos por lo nuestro )o lo de los nuestros), y por tanto no cabe sino resignarse a tener buenos políticos, buenos dirigentes, políticas que miren por el bien común. Personalmente he tomado la opción contraria: prefiero pensar que en todos los partidos también hay buenas personas. Sé que las hay, he conocido muchas, incluso en opciones políticas que a mi juicio poco tienen que ver con el bien común. Quizá el problema sea que intentamos elegir partidos políticos como quien se hace de un club de fútbol: Con adhesión inquebrantable, para jalear lo bueno y olvidar lo malo, o decir que, al fin y al cabo, si los míos roban también lo hacen los otros. En otros países el voto en la urna se pone con un poco más pragmatismo: No comparto el programa al cien por cien, peor es lo que más se parece a lo que quiero para mi pueblo. Y si después llega el desencanto, pues vuelvo a las urnas para probar otra opción. Con los años, pienso que es una buena manera de funcionar y de hacer política. Mucho mejor que los que dicen “bien o mal, los míos”, o los que con 20 años te aseguran que votarán a fulanito hasta que se mueran. Como si no pudiéramos estar equivocados. Volviendo a la película de Risi, el compañero de Vittorio Gassman es Ugo Tognazzi, en un papel que bien pudiera haber hecho Alberto Sordi. Si Gassman es el fascista interesado porque ve que quizá el movimiento triunfe (y triunfó), Tognazzi es el antaño socialista que se lee el programa fascista y se cree aquello de que repartirán tierras a los campesinos y abolirán los títulos nobiliarios. Conforme avanza la película y conforme se acercan a Roma, Tognazzi saca de vez en cuando el programa fascista y va tachando aquellas cosas que ve que los promotores van dejando de cumplir y de hacer cumplir. Como el respeto a la libertad de prensa, un punto que tacha cuando ve arder una imprenta comunista. No cuento el final, pero en tiempos de tanto ruido y cabreo político no está de más ver el desenlace. Es una gran lección de Historia, esa gran desconocida que, decían, por desconocer estamos condenados a repetir.