Marcelo Ortega, periodista

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domingo, agosto 8

CANDY CITY: TODOS MUERTOS NO ES SUFICIENTE

“En Malpaso no necesitamos un equipo de veintiséis personas y una oficina preciosa. Con un pack de media docena de cervezas, papel y bolígrafos ya podemos trabajar”.

Eso decía Clint Eastwood de su productora, Malpaso, hace ya unos cuantos años. La cita me sirve para hablar de la novela Candy City y de Alberto López Aroca, su autor. Para ahorrarnos extendernos sobre su proceso de elaboración les remito a las palabras de Eastwood.

¿Ya?

Bueno, entonces hablemos de Candy City, quizá el libro con el promedio de muertes por párrafo más alto –aunque no los he contado. Alberto ya avisó que era un homenaje a gran parte del mundo literario –y cinematográfico- del que bebe su pluma. Y sí lo es, es un libro que debe mucho de su forma a las formas que introdujo un señor llamado Jim Thompson en la novela negra. Entre otras,  el punto y aparte a todas las convenciones del género y muchas menos explicaciones “sociales” de porqué un monstruo es un monstruo. Porque no hace falta explicar porqué un hijo de mala madre se convierte en un hijo de mala madre,  y en este libro se demuestra. Además en Candy City no hay nadie que no sea la peor persona del mundo. 
Hay más cosas de Thompson –que tampoco son sólo suyas-, como utilizar la elipsis y mover el tiempo de la acción para contar varias historias en la única historia del personaje central. Coincidencia que no lo es:, este protagonista se apellida Thompson, y es un matón-guardaespaldas-gangster- estilo Luca Brasi (de El Padrino novela, no del film) sin ningún motivo para arrepentirse de la vida que lleva/ha llevado. Luego están los secundarios, casi un personaje solo y coral llamado “ciudad americana”, en este caso Candy City, donde cualquiera tiene un motivo para matarte. Y un personaje de los que más nos gustan, el señor Porlock, que esperemos aparezca en la secuela que –no lo dudamos- existirá. 
Porque hay demasiada gente viva en esa ciudad, y los muertos nunca son suficientes.