Marcelo Ortega, periodista

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sábado, febrero 11

GANAN LOS MALOS

Me rodeo de personas que pueden encajar en la etiqueta de «beneficiosas para la humanidad», y ya de mucho años les ocurre a menudo verse con la sensación de que la buena gente está perdiendo la batalla, que no avanzan, que miren a donde miren ganan los malos. Para estos la historia, para estos la capacidad de decir «bien» y «mal», para estos el futuro, porque ellos ganan. Yo, que siempre me he rodeado de quien me ha dado la gana, comparto esa sensación de hartazgo que te viene al estómago y a las piernas (cansera social, la llamo) a poco que escuches en el bar, pongas el televisor, o abras el diario (o Facebook, que también gasto). ¿De verdad no hay dónde huir? ¿Sera verdad que ganan los malos? Los últimos lamentos de este tipo que recojo en esa mala libreta del día a día tienen que ver con la condena al juez Garzón, ampliamente tratada en las noticias, subrayada con asombro y estupor en la prensa internacional, que ahora sí destaca en mayúsculas lo de Spain is different. Hace cosa de tres santuarios que me referí a los nubarrones que se dibujaban sobre la toga del magistrado, antaño un heroe para la derecha ilustrada y la otra, el ala friki del Franquismo (perdón por decir dos veces lo mismo). Hoy eres un heroe y mañana eres un prevaricador. Basta con que dejes de salvar España cerrando un periódico (Egin) y trabajes sobre otro tipo de delitos, más sutiles, menos comunes, o históricamente ocultados (léase Guerra Civil). Las caras complacidas cambiaron el gesto. Primero asombro. Luego preocupación, pero después tranquilidad. Siempre hay quien puede poner las cosas en su sitio cuando uno sabe qué puerta tocar en la casa judicial, y cuando en esa casa viven los mismos de hace medio siglo. De las muchas lecturas que tiene la primera condena a Baltasar Garzón me quedo con la pedagógica, la terrible moraleja que la alta justicia traslada a la cartera de juristas: Cuidado con lo que uno admite a trámite, y cuidado con lo que se investiga. Hay jueces buenos y malos. Unos ganan, otros pierden. La Historia de España tendrá un capítulo con  los errores de Baltasar Garzón, el magistrado controvertido, odiado y amado. Lo dijo Perich: el Mal nunca triunfa, porque si triunfa se llama «Bien».     

EN HOMENAJE A PERICH, POR QUIEN SIENTO LA MÁS PROFUNDA ADMIRACIÓN (QUE ME ENCANTA, VAMOS):



miércoles, febrero 8

LA MEMORIA, LOS ZOMBIES Y LEONARDO SCIASCIA


Perdonad mi ignorancia, pero no sé si mucha gente vio algo de este caso en la televisión. Yo lo escuché de casualidad en algún canal, y tuve que frotarme los ojos para creerlo. Es algo espectacular, digno del mejor guionista. La historia se resume en que un músico de lo más popular en Sudáfrica (algo así como Bisbal para los españoles) se muere en 2009 «tras beber el brebaje de un curandero. Funerales de Estado, casi, conmoción popular, estilo Michael Jackson. Pero lo bueno llega ahora. Más de dos años después aparece el cantante, Khulekani Mseleku «más conocido como Mgqumeni», según el texto, en plan espectacular, con miles de personas recibiéndole cuando se conoce su resurrección. La policía investiga el ADN del tipo, por comprobar si es él o no. Peor lo mejor es la historia que cuenta, en un país muy dado a creer en los muertos vivientes (¿como el nuestro?). A Mgqumeni lo sacaron de la tumba unos zombies que lo secuestraron después en una cueva donde ¡le obligaban a cantar! y donde tenía que alimentarse, ¡de barro!. ¿Eran zombies fan? En su reaparición le pidieron que tocara y canatara algo, en medio de un baño de masas, pero Mgqumeni no cantó. Después de dos años interpretando sus éxitos para un colectivo de walkin deads, es de entender.  La cosa no acaba ahí: como dice el artículo de la BBCl, la bisabuela del cantante ya ha dicho que el tío no es su bisnieto. Aunque no he consultado las noticias, creo que escuché que había dos mujeres que habían reconocido al resucitado como su marido. Fin da la historia, a la espera de saber cómo acaba. Si no es él, los vivos harán como los zombies, pero al revés. Ellos resucitaron a un muerto, y los fans del fallecido en 2009 van a asesinar a un vivo. Con seguridad.
La historia es tan particular que merecería haber ocurrido en Italia, dirá alguno. Toda la razón, salvo que ya ocurrió, afortunadamente sin zombies de por medio. Leonardo Sciascia lo cuenta en un notable libro, El Teatro de la Memoria, algo que leí hace un tiempo y que recopila la indagación sobre el caso del «desmemoriado de Collegno», acaecido a mitad de la década de los 20 en Turín. En síntesis, un hombre que no sabe quien es es arrestado en un cementerio por robar. Lo ingresan en un manicomio, pues nadie lo reclama ni lo reconoce. Tras publicar su foto en un diario, una mujer lo reconoce como su marido, profesor de filosofía, desaparecido en la Gran Guerra. Lo trasladan a Verona, misterio resuelto. Peor llegan unas cartas anónimas que advierten de su falsa identidad. Conocidos del profesor (Giulio Canella, se llamaba) también dudan de que sea él. Su mujer se mantiene en que es él. El tiempo pasa, Canella vive cómodamente con su familia, pero las huellas dactilares acaban identificándolo como otra persona: Mario Bruneri, de profesión tipógrafo, acusado de robo y estafa. Como con el músico africano, la familia Canela y la familia Bruneri litigaron para determinar quién era. Seguramente Bruneri sabía quien era, pero la familia Canella era acomodada. La suya no. En 1931, después de un largo proceso judicial, el Estado italiano determinó que el ladrón del cementerio era Mario Bruneri. La familia Canella continuó pidiendo la potestad del desmemoriado. Que por cierto durante ese tiempo intentaba fingir.
Recomiendo que lean el libro de Sciascia. La memoria también es una impostura. Hasta los zombies son capaces de alterarla.

A la izquierda, Canella; a la derecha, Bruneri. Como gotas de agua para la mujer del primero

lunes, febrero 6

SOBRE EL PSOE, REFLEXIONES EN VOZ ALTA


Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido elegido por los delegados de todas las asambleas socialistas. Es de entender que dichos delegados conocían el sentir de las asambleas a las que representaban. Eso sí, el voto era particular y secreto. De estas formas tan prosaicas de poner y quitar líder solo suelen quejarse los perdedores. No sabemos si Alfredo se pondrá a cambiar el sistema. A mí me da que no.

Casi todos los delegados que dijeron ‘esta boca es mía’ antes de la votación apostaban por Chacón. Los partidarios de Rubalcaba se guardaron su opinión. Viendo como les ha ido a los chaconistas después a la hora de colocarse en la Ejecutiva, lo de mostrar las predilecciones es para pensárselo. Para pensárselo mucho.

Alfredo Pérez Rubalcaba tenía todo el derecho a querer dirigir el PSOE. Pero su sola presencia es en sí misma la interpretación menos crítica de lo acontecido el último año. Es la interpretación de que las elecciones las perdió el PSOE a causa de la crisis y el desempleo. Es la interpretación de que, ante un discurso ambiguo por delante, lo mejor es esperar al desgaste del Partido Popular para ir recuperando cuotas de poder.

La elección entre dos candidatos puede llevar a la confusión de una opción oficialista y otra contraria, por oposición. Nada más lejos. Oídos los dos, no parece que se alejen demasiado de los caminos andados por el socialismo español en los últimos 20 años. Igual el cambio de rumbo es la sorpresa, el programa oculto.

No he escuchado una sola palabra sobre qué piensa el nuevo PSOE de los demás partidos de la izquierda, o de los que están a su izquierda. Será que piensa caminar solo en la senda de la oposición, o será que considera que la ha ido bien tejiendo alianzas con la derecha nacionalista mientras ignoraba a los parlamentarios de izquierda en estas dos últimas legislaturas.
Aparte de acabar cantando la Internacional, la puesta en escena del Partido Socialista no parece alejarle de las posturas moderadas que han acabado haciéndole coincidente con muchos de los postulados del Partido Popular. Si el PSOE quiere ser la referencia de la izquierda en el país tendrá que ocuparse de la liturgia, pero también de las ideas. Ponerle una calle a Fraga y levantar el puño son gestos muy distintos. Por una u otra parte debe de haber más folclore que sentimiento.