Marcelo Ortega, periodista

Páginas vistas la semana pasada

sábado, abril 21

EL BOCHORNO

La tormenta en torno al real cazador parece amainar mientras escribo. Entre tanto desvarío por la Casa Real, el choteo generalizado ha llegado a cansar al lector/espectador. Más cuando muchos lectores/espectadores están cansados de la Casa Real desde mucho antes, aunque en otros tiempos la institución exhibiera más mesura y menos sainete. En los últimos meses ha dado tantos quebraderos de cabeza que hasta los juancarlistas piensan en la abdicacion como el menor de los males. Puede ser, porque con la crisis institucional que nos golpea no está de más echar un ojo a la opción republicana, por naturaleza más democrática que la realeza anacrónica. Tener un Rey es una excentricidad política, pero también es cierto que el debate republicano no es el primero de la agenda ciudadana; aparece cada vez que a la Corona le crecen los enanos, pero ea, después de tres décadas los enanos son muchos y están muy crecidos. El bochorno no figuraba en los atributos de este monarca, que sin embargo se ha empeñado en pasar a la Historia con evidentes sombras: no hablo de la sombra elefantesca, sino de las sombras de un presunto corrupto que Juan Carlos tiene por yerno, la sombra de un yerno que no tiene más curriculum que poder presentarse en una habitación y decir «soy yerno del Rey». Que la Corona es una tarjeta de presentación para hacer caja es bien sabido. Y una vergüenza, creo yo, aunque igual hago de mal patriota, y no veo los beneficios de que un golfo se gane los euros a costa de la institución que nos representa a todos (incluso a los que pedimos que se suprima, por fin y de una vez).

Postdata: No puedo despedirme sin dedicarle unas líneas del semanario del disparate al consejero Echániz, ya saben, el que se despachó con lo de que el copago en medicina no es cosa de dinero para nuestros mayores, «cuatro cafés» que se tome un anciano al mes. No hay espacio para hacer análisis profundos, pero si nos ponemos en el mismo nivel intelectual que gasta el consejero habría que advertir que esos cuatro cafés también son consumo, y que hacen falta para muchos bares de la región que precisamente no andan sobrados de clientes de los del café de la mañana. Hosteleros, preparen la sal cuando Echániz les pida un cortado.
 
Publicado en La Tribuna de Albacete el 21 de abril de 2012

viernes, abril 20

AQUELLOS TIPOS CON BARBA


«Me gustaba The Band porque tenían barba». Lo dice Elvis Costello. Casi de manera automática recordé la cita al saber esta mañana que Levon Helm se unía a Rick Danko y Richard Manuel en el otro barrio. Era una muerte anunciada, pero dolorosa y cercana, como si fuera un pariente. Un pariente que tocaba la batería y a veces cantaba.
Si echo la vista atrás me doy cuenta que lo primero que conocí de The Band fue la voz de Levon Helm en Up on Cripple Creek , una canción que aparecía en el directo que el grupo grabó junto a Dylan (Before the Flood). Servidor estaba entonces conociendo algunos discos del bardo de Duluth, y ni me había dado cuenta de que el disco llevaba canciones ajenas al cancionero dylaniano. La voz de Helm cantando al inicio aquello de «when I get off of this mountain» avisaba. Y la cosa iba en serio. Los seguidores de The Band siempre destacan, y con razón, la voz de Rick Danko y la de Richard Manuel. Yo siempre prefería escuchar a Helm, aunque la preferencia es mera educación sentimental. Hoy es difícil no emocionarse escuchándole en The Weight, en Rag Mama Rag, o The night they drove Old Dixie down. Ningún grupo en la historia del rock puede presumir de un repertorio tal. Enorme. Dos dicos, el famoso Big Pink y el llamado album marrón (al fin y al cabo, es homónimo, The Band), incluyen un manojo de canciones insuperables. Aunque quiza la fama haya sobado más el primero, por aquello de la casa rosa y de Dylan, yo siempre me quedo con el segundo. Es un disco sin rival. El sobresaliente de la música y las canciones no se volvería a repetir. Ni falta que hacía.
  La historia de The Band se condensa en The Last Waltz, el documental que Scorsese les hizo en un concierto que debió ser de despedida. The Band se acababa, pero Helm y los otros músicos (salvo Robbie Robertson) decidieron que había cosas por decir. Volvieron en los años 80, pero tristemente hay que dar la razón a Robertson: aparte de emocionados y nostálgicos directos, no había nada nuevo que decir. Los años de multitudes y excesos dieron paso a un cierto episodio de olvido (eran los 80, donde el rock y el folk eran cadáveres excelentes). Robbie Robertson explica en The Last Waltz que lo dejaban para no quedarse en la carretera. Se acuerda de Jimi Hendrix, de Janis Joplin, de muchos otros. No quiere ser el siguiente. Lo sería Richard Manuel, que optó por cortar de raíz colgándose del cable de la ducha tras una actuación, en 1986.  También Rick Danko, el bajista, fallecería con 57 años, mientras dormía, en 1999.
Levon Helm siguió desde entonces ofreciendo algunos discos destacados y muchos conciertos, recibiendo los honores como padrino de toda la escena moderna del folk, del rock, y de ese fantasma llamado Americana. Los otros The Band, Garth Hudson y Robbie Robertson, han ido dando algunos capítulos más a la música en forma de discos, aunque Helm fue el que mantuvo esa veta de homenaje a la música de su tierra, canción tras canción. En algunos vídeos de youtube podemos verlo con Balck Crowes, con Wilco, con Allman Brothers... Ya sin voz, pero con sus baquetas, mandando desde la batería, poniendo el ritmo a tantas y tan buenas melodías.
Levon ha bajado la montaña. Es hora de tomar una cerveza y brindar. Por aquellos tipos que llevaban barba y dejaron las mejores canciones de una época.


"Nunca nos pusimos vestidos (…) ni nos maquillamos la cara. Nunca hicimos estallar ninguna bomba en el escenario (…) Nunca nos pusimos pantalones ajustados ni grandes anillos de turquesa. Que yo recuerde, nunca meamos en el escenario ni tiramos ninguna televisión por la ventana. Pero hoy el negocio de la música se ha convertido en algo parecido a Vietnam: unos pocos ganan un montón de dinero, hay otros que prefieren no pensar y en cinco años apenas quedará nada que no sea una mierda". Levon Helm