Marcelo Ortega, periodista

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viernes, febrero 3

LA CORRIDA DE ASPRONA

Va para un año, se cumple el 30 de marzo, que la ahora presidenta de la Junta se dejó caer por las instalaciones de Asprona para ver lo que se hace y se cuece en sus muchos talleres. No hace falta que yo explique qué es Asprona. Se sabe de sobra en Albacete. María Dolores Cospedal no era entonces dirigente de nada, salvo de su partido, y en la comunidad. Ahora que es la que manda quieren verla por Asprona de nuevo sus trabajadores -supongo que también los dirigentes de la asociación- porque por estos días cumplirán seis meses sin cobrar, y seis meses son muchos. Nadie puede culpar a los empleados, a sus representantes sindicales, o a las familias de los usuarios, de haber levantado la voz demasiado por el conflicto. Quizá porque cuando uno no cobra en medio año pero sigue estando cada día en su puesto de trabajo a la hora señalada cualquier grito que lance será poco. Aunque no pueda ponerme en el lugar de esta gente, puedo imaginar cuál es la situación. ¿Cómo arreglarla? La empresa, es decir, la asociación, dice que ha agotado todas las vías. La Junta mantiene una deuda de más de dos millones de euros con ellos y mientras pasan los días los afectados se preguntan si los diputados regionales también llevan seis meses sin cobrar, aunque sea por conformarse con lo del mal de muchos. La pregunta es: ¿se conforman los dirigentes, estos políticos con responsabilidad de pagar, cuando piden calma y fé a alguien que lleva medio año sin recibir un duro por el trabajo que hace? Que responda quien esté en el lugar de responder, es decir, los sentados en los sillones de las consejerías regionales. A viva voz, o por lo bajini, depende quien lo diga, trabajadores y empresa sí están de acuerdo a que son víctimas de una situación asombrosa e inédita, y no se explican a cuento de qué pasar por este desamparo en una asociación tan aplaudida. No sé cómo acabará la historia, si es que tiene un final. Supongo que si el problema acaba resolviéndose siempre habrá uno de estos políticos con los bemoles de exhibir su apoyo inquebrantable a la asociación acudiendo a la corrida de toros tan tradicional y poniéndose en la foto de familia. Algunos de alrededor tendrán que bajar la cabeza para que no en la foto no se vean las lágrimas. O la cara de mala leche, según el retratado.

lunes, enero 30

Exhonorable

Alberto Ruiz Gallardón tiene un plan para que los juzgados españoles tengan un alivio en la saturación de asuntos que llegan a sus brazos. El plan es rascarnos el bolsillo, más todavía, cuando tengamos que acudir a ponerle una demanda al vecino, al jefe, al alcalde, o a la compañía telefónica. No tiene gracia, señor ministro. La idea es tan simple que roza lo ridículo: no soluciona el derecho de los ciudadanos a una justicia efectiva y rápida, pero alivia la carga de trabajo. No seremos un país más justo, sino un país con una administración de justicia más eficaz, siempre que uno pueda pagarla. Dentro de la improvisación que campa por los despachos de Justicia, la de Gallardón tiene sus quilates. Es como aliviar la saturación de las prisiones eliminando las penas de cárcel en el código penal, o tirando a los reclusos sobrantes al Ebro, por un poner. ¿Problemas grandes? Pues grandes soluciones, así, de pronto, que para eso hay mayoría. Leo unas declaraciones hechas en octubre por otro ministro, Cristóbal Montoro, donde casi se descojona de la idea de encarecer más el acceso a la justicia. Normal. A un mes de las elecciones generales, Montoro andaba despistado sobre qué iban a hacer y qué no iban a hacer una vez mandaran. Es lo que tiene presentarse por un partido con un programa tan dado al hipérbaton y una acción política tan barroca, entre el desorden y el sainete. Medallas que también se colgaron por méritos propios sus predecesores socialistas, huelga decir. Pero para justicia, la que le han dado al exhonorable Francisco Camps, rompiendo las quinielas de sus compañeros de partido, que le auguraban una condena en virtud de este acoso judicial y policial sufrido por los mandamases valencianos. Guste o no la sentencia, la tesis de la persecución inquisitorial la tendrán que desechar. Lo malo es que cuando hay un juicio a un político suele pasar como en la feria, que hay justicia o no según lo que se dicte. Personalmente pienso que si no hay pruebas suficientes para condenar a Camps el jurado ha hecho lo que tenía que hacer, pese a quien pese. Ojo, de ahí a cantar victoria y pedir aplausos para la actuación del expresident va un trecho. Si Camps fuera americano iría a la cárcel, solo por haber mentido. Y mentir, más allá de que sea delito, no es propio de personas honestas.