Marcelo Ortega, periodista

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viernes, enero 20

EFEMÉRIDE


En el mes de mayo se cumplen 20 años de la muerte de un magistrado italiano a quien suelo recurrir cuando necesito consejo sobre de qué vale la dignidad, de qué sirven los principios y el sentido del trabajo. Se trata de Giovanni Falcone, un nombre que para los de mi edad y mi país no dice mucho, pero que en el vecino país es una de las referencias de cualquier movimiento civil, de los que nunca han faltado en las últimas décadas. Aunque no trabajó solo, la figura de Falcone simboliza (junto a Paolo Borsellino) la reacción ciudadana contra el crimen organizado y las relaciones de los criminales -evidentes y comprobadas- con el Estado y sus expresiones: banca, industria, sistema judicial, Iglesia. El magistrado hizo su trabajo para, en el célebre maxiproceso a la mafia, conseguir una sentencia histórica contra la cúpula de Cosa Nostra. Pero tras los pistoleros sicilianos había mucho más. Falcone siguió su trabajo indemne a cualquier ataque. Su investigación iba camino de poner de relieve cuánto había de sucio en la financiación de los partidos políticos, y cómo estos toleraban o promovían el poder de las organizaciones criminales. Así que los golpes llegaron de todas partes. Le llamaron de todo. Hubo mucho dinero para comprar espacios en periódicos y televisiones desde los que intentar manchar la reputación del magistrado. Muchos ciudadanos picaron el anzuelo del discurso oficioso. Los jueces como Falcone, que miraba a las cloacas del país, eran los que quedaban sometidos al juicio de la opinión pública. Los grandes criminales seguían jugando a las cartas con sus amigos: los partidos, la banca, la industria, la Iglesia. Ya habrán visto que la historia de Giovanni Falcone se parece en muchos puntos a la que vive el juez Baltasar Garzón. Vilipendiado, con causas pendientes que huelen a revancha y a país sumido en las mismas tinieblas de hace 40 años. Será que la Transición no fue lo que nos ha contado, como dice Viçen Navarro, o será que la Transición no ha acabado. La historia de Garzón es presente y futuro. La de Giovanni Falcone acabó un día de mayo de 1992. 500 kilos de dinamita lo quitaron de en medio junto a su esposa y toda su escolta. Dos décadas después, quienes lo dejaron solo ante los criminales dan discursos sobre ética y principios morales. Que tenga suerte, señor Garzón.

lunes, enero 16

ATRAPADOS EN AZUL

Mal se pone la cosa en Albacete capital para quienes hasta aquí tenían donde dejar su vehículo sin pagar un duro. El gobierno municipal arremete con un nuevo impuesto para todos extendiendo la zona de aparcamiento de pago a los barrios que, cerca del centro, aún gozaban de ese estatus gratuito. Más de uno se habrá sorprendido. Lo de la marea azul cuando ganó el PP parecía otra cosa, y resulta que iba por lo de pintar los bordillos. Servidor ve el lado positivo de la medida: ojalá haya menos coches por determinadas zonas. Que los albaceteños se habitúen a coger el coche cuando es indispensable, y no cada vez que hay que caminar más de ocho minutos. Yo soy usuario de la bicicleta, así que aparte del miedo al robo y los insultos que suelo recoger de parte de todo el mundo (conductores, peatones, perros que ladran) no espero verme afectado por la zona azul que todo lo traga, aunque visto el camino que llevamos de gravar con impuestos todo lo que se mueve no descarto que nos quieran meter un impuesto de matriculación al vehículo sin motor. Todo se andará, así está el percal. Transporte aparte, lo de los impuestos da para mucho. Mientras quienes más tienen se fuman el puro de la risa, mientras preparan el éxodo de sus cuentas corrientes por si viene la debacle, todo hijo de vecino pasaremos a pagar más por todo, así, sin vaselina, con un par. El discurso de que vivíamos como marqueses hasta hace un año ya ha colado, aunque sea el mayor disparate que parió madre (lo es). Todos lo recuerdan, ¿verdad? Por vivir como marqueses estos gobernantes azules quieren decir sueldos de 1.000 euros (y gracias, dirán muchos), hipotecas de 700, y la espalda cada vez más doblada. Los marqueses son otra cosa, ellos lo saben bien. Deberían saber más cosas. Quienes administran y permiten que un colegio no tenga calefacción deberían replantearse su vida política. Quienes firman que un centro médico deje de funcionar a mitad del día también debería hacérselo mirar. Son firmas estampadas con ese color azul en el que estamos atrapados, color que acabará haciendo que no queramos mirar al cielo por vergüenza y semejanza. Por cierto, es el color corporativo de la Unión Europea. Si al final, todo cuadra.