Marcelo Ortega, periodista

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sábado, septiembre 10

VIENEN CURVAS

Bueno, pues ya hemos pasado una de las semanas de rebajas, o de anuncio de rebajas: la educación de esta región, tan mal como estaba, estará mucho peor merced a un plan de recortes histórico, y no precisamente por tener algo de bueno. Nadie puede venir con cuentos de que los ahorros serán para una mejor educación. Vale, igual alguien lo dice, pero habrá que achacarlo a la ingestión de mojitos. Aunque aquí la medida haya venido edulcorada por este clima ferial que vivimos, el cabreo de la comunidad educativa es de campeonato, y no falta razón, aunque la opinión pública esté más que contaminada de esa creencia de que si hay alguien que vive bien es un maestro y un profesor. Tiene mucho de cainita esta forma de mirar a la comunidad docente. Es también una de las razones para que los dardos de la Junta vayan para ellos. Cospedal, al fin y al cabo, tira de manual de partido para hacer estas cosas, mirando lo bien que le va a la colega Aguirre, incapaz de preguntar cuántas horas trabaja un docente antes de abrir la boca y hacer el ridículo. Aparte de esas formas, la papeleta es minina. Si la educación no ha sido de lejos el área mejor tratada por el Gobierno regional desde que tenemos memoria, parece que ahora el granizo se convertirá en pedrisco. Los truenos ya se han dejado oír, y a nadie salen las cuentas. Nos queda el consuelo de que nadie se debería hacer el sorprendido. Ya dijimos que uno puede corregir déficit ajustando gasto y a la vez recaudando más, pero Cospedal ya ha dejado claro que los que más tienen también serán los que porcentualmente sigan poniendo menos. Lo de la solidaridad nacional no es para ella lo de quien más tiene más paga. En esa amalgama confusa de ideario que tiene en la mesilla, la solidaridad es otra cosa, y la redistribución de a riqueza a la que se comprometió es algo así como una metáfora poética, otro adorno más de la carta magna. Mientras empiezan movilizaciones los afectados, toca pensar en el próximo golpe, no en el que ya ha dado, como hace el boxeador que se sabe vencido. Médicos y enfermeros están ahí. Se agarran porque ven venir las curvas. Lo peor no es el mareo de atravesarlas, sino pensar que, como en educación, detrás de la última puede estar el precipicio definitivo para la sanidad pública.