Marcelo Ortega, periodista

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sábado, septiembre 3

ELOGIO DEL DURO

Me entero por la prensa de que los españoles guardamos en los cajones más de 1.700 millones de euros todavía en pesetas. Asombroso, cuando la mayoría de nosotros no tenemos ni para la barra de pan. 1.700 millones no es una cifra pequeña después de que la nueva moneda va a cumplir una década, con más dudas que certezas. ¿Por qué guardamos los billetes con la cara de Hernán Cortés y Celestino Mutis, o la monedilla de cinco duros con agujero? ¿Será nostalgia de las rubias, puro amor numismático, o solo gente paciente y tranquila sabedora que quizá lo del euro tiene vuelta atrás? Ganas no nos faltan. A más de uno le gustaría tomarse los cafés por cien pesetas, cenar por poco más de 1.000, y coger un tren a Madrid que no te cueste lo mismo que hacerte la cirugía estética completa. Eran otros tiempos, donde los sueldos de los españoles eran muy parecidos a los de hoy -miserables- pero se estiraban mucho más a lo largo de los 30 días de cada mes. Por eso sorprende pensar que hay gente que no sólo tiene euros ahorrados, sino también pesetas en los cajones, y en cantidades grandes. Una de dos, o a los vecinos se les ha olvidado que tienen un monedero escondido, o hay riñón de sobra en algunos domicilios. Si no nos deshacemos del euro, me da que dentro de una década las pesetas por cambiar habrán dejado de sumar millones. Con las nuevas del Gobierno en el mercado laboral, con eso de «más vale un joven pobre que trabaje a un joven pobre sin más», el pobre en cuestión al que le estén pagando 450 euros al mes hasta los 33 años va a tener que renunciar al coleccionismo. Hasta tendrá que dejar de hacer tres comidas al día. Y es que si juntar monedillas fuera de circulación va siendo un lujo, ganar algunas de las que sirven para comprar la manutención es ya un sueño español. Pero la numismática tiene una cosa buena: si usted mira las monedas de euro puede ver cómo sonríen a la cámara algunos de los torpes mandatarios inspiradores de esta ruina nacional. Como sutil metáfora del ocaso económico, a los billetes europeos los marcaron con arquitecturas ambiguas, lugares imaginados y difusos, para que no podamos ponerle rostro al culpable. Por ahí andan los mercados. Aquí nos quedamos los pobres perpetuos y de solemnidad.