Marcelo Ortega, periodista

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lunes, mayo 24

TAN JOVEN Y TAN VIEJO

Cruzo a diario por la puerta de varios centros de enseñanza a la hora de acabar las clases, ya saben, esos paisajes coloridos de aceras llenas de mozos y mozas que se apretujan en torno a un balón, un móvil o un cigarro. Siempre ha sido así, salvo por lo del móvil. Cada joven es distinto al que fue joven unos años antes, pero cierta rebeldía es común, aunque sea más de postín que de verdad. Hasta hay una pintada repetida en varios institutos de Albacete donde se puede leer Ser joven no es un delito, lema de autoafirmación capaz de evocar épocas pasadas más dadas a la agitación, que siempre fue cosa de jóvenes, según nos han contado. Uno, a sus tres décadas de existencia, está en ese punto oscuro en que no sabes con quién identificarte: encajas mal en los corros de vodka con naranja caliente y música alta de los botellones, y encajas definitivamente mal con las redes sociales y los teléfonos móviles con cámara de vídeo. No crean, tampoco me termino de ubicar entre conversaciones que versan sobre hipotecas, metros cuadrados, tarima flotante y guarderías. Será cuestión de tiempo terminar en este segundo grupo, y por eso vivo insensatamente tranquilo. Lo que sí advierto es que la atención desmedida de nuestros mayores a la juventud que les tocó educar debió de torcerse en algún punto, y perdonen los agujeros que deja generalizar sobre un colectivo tan amplio como la muchachada adolescente. Nunca los jóvenes españoles tuvieron más cuidados de sus predecesores, de sus instituciones. Nunca tuvieron ni tuvimos más recursos: clases particulares, cursos de natación, idiomas, varias trencas en el armario, campamentos, viajes, cócteles sin alcohol, batukadas, catequesis, fútbol base, becas Erasmus y varios etcéteras. Los sociólogos se tiran de los pelos para explicar porqué tanto buen rollo y educación a medida inspira a veces a sus beneficiarios a mear en un portal, enzarzarse con el mobiliario urbano o darse de palos delante de la cámara de vídeo de un teléfono móvil, de esos que soy incapaz de manejar. Siempre que se aterren por el mal ejemplo que dan los jóvenes pueden darse consuelo aterrándose con el ejemplo que seguimos dando los adultos. A mí al menos me funciona.

Publicado en La Tribuna de Albacete el 22 de mayo de 2010