Marcelo Ortega, periodista

Vistas de página la semana pasada

miércoles, enero 30

PARÁBOLA DE LA ANTORCHA


Evoco de memoria: En El laberinto de las aceitunas, un empresario catalán relata una divertida historia del encuentro que una veintena de hombres de negocios catalanes mantuvieron con Franco, unos años antes de la muerte del dictador. El empresario, ejemplo de la burguesía crecida con el padrinazgo del régimen, relata cómo él y los demás entraron al salón donde Franco los esperaba parapetados tras caretas de Mickey Mouse. Franco les rió la gracia por el gesto de las caretas del ratón de Disney: “Con la manita blanda de que aún se servía hizo un gesto como diciendo que bueno, que le parecía muy bien. Pero todos supimos que había entendido”, cuenta el empresario catalán. De hecho, Franco se puso a llorar, débil, anciano, y el personaje de Mendoza prosigue: “Le toqué con la mano el antebrazo, otrora férreo, ya piel y hueso, y quise decirle: «no llore usted, mi general, que no es traición; siempre estuvimos a su lado y lo seguiremos estando mientras el mundo ruede; pero los tiempos cambian, mi general, y hay cosas que no se pueden pedir... Pídanos la vida, mi general, con gusto se la ofrendamos...Pero no nos pida que cedamos el poder; eso no, mi general, usted nos lo enseñó... No es codicia, es el orden de las cosas lo que está en juego; pase la antorcha, mi general...”. La historia, tan ficticia que pudo haber ocurrido, continúa con una imagen jocosa que no cuento. Lean el libro, vale cuatro perras, y lecciones de historia tan sencillas de entender a ese precio no abundan. Yo siempre me acuerdo de los 16 empresarios catalanes de esta historia cuando veo desfilar por mi televisor a los próceres de CiU. A los Artur Mas, a Jordi Pujol, a Duran i Lleída, a mcuhos más. La vergüenza que me da oírles hablar en nombre del pueblo catalán es mucha, pero más vergüenza debe dar ver a ERC aliarse con los reyes del mambo de la privatización y el expolio. Los que respaldan a los Mossos cuando consiguen sacar sangre de las manifestaciones, los que cierran centros médicos mientras agitan la estelada y se creen William Wallace cuando agarran un micrófono. Olé. Los amigotes de la derecha de Madrid, los otros herederos de la antorcha, encantados. Mientras sigue el ruido absurdo de la independencia aún tendrán tiempo de regalar algún indulto más a la crème de la crème de los pocos condenados por corrupción que en el mundo han sido. Para favores entre bandoleros nunca ha habido fronteras, que nada une más que el dinero, cuando se sabe repartirlo y transformarlo en poder de decidir. Quizá los más cansinos de CiU con la soberanía la quieran para eso, para poder indultar ellos solos a los suyos, sin tener que pedir favores a los amigotes de Madrid.
Ya ven, en esta gente quedó la antorcha de los designios del país hace casi 40 años, en los de Madrid, Barcelona, Valencia, y cualquier otro sitio donde haya dinero por ganar, no importa a costa de qué. Son los mismos. No tienen bandera común, pero saben reconocerse cuando se ven.

viernes, abril 20

AQUELLOS TIPOS CON BARBA


«Me gustaba The Band porque tenían barba». Lo dice Elvis Costello. Casi de manera automática recordé la cita al saber esta mañana que Levon Helm se unía a Rick Danko y Richard Manuel en el otro barrio. Era una muerte anunciada, pero dolorosa y cercana, como si fuera un pariente. Un pariente que tocaba la batería y a veces cantaba.
Si echo la vista atrás me doy cuenta que lo primero que conocí de The Band fue la voz de Levon Helm en Up on Cripple Creek , una canción que aparecía en el directo que el grupo grabó junto a Dylan (Before the Flood). Servidor estaba entonces conociendo algunos discos del bardo de Duluth, y ni me había dado cuenta de que el disco llevaba canciones ajenas al cancionero dylaniano. La voz de Helm cantando al inicio aquello de «when I get off of this mountain» avisaba. Y la cosa iba en serio. Los seguidores de The Band siempre destacan, y con razón, la voz de Rick Danko y la de Richard Manuel. Yo siempre prefería escuchar a Helm, aunque la preferencia es mera educación sentimental. Hoy es difícil no emocionarse escuchándole en The Weight, en Rag Mama Rag, o The night they drove Old Dixie down. Ningún grupo en la historia del rock puede presumir de un repertorio tal. Enorme. Dos dicos, el famoso Big Pink y el llamado album marrón (al fin y al cabo, es homónimo, The Band), incluyen un manojo de canciones insuperables. Aunque quiza la fama haya sobado más el primero, por aquello de la casa rosa y de Dylan, yo siempre me quedo con el segundo. Es un disco sin rival. El sobresaliente de la música y las canciones no se volvería a repetir. Ni falta que hacía.
  La historia de The Band se condensa en The Last Waltz, el documental que Scorsese les hizo en un concierto que debió ser de despedida. The Band se acababa, pero Helm y los otros músicos (salvo Robbie Robertson) decidieron que había cosas por decir. Volvieron en los años 80, pero tristemente hay que dar la razón a Robertson: aparte de emocionados y nostálgicos directos, no había nada nuevo que decir. Los años de multitudes y excesos dieron paso a un cierto episodio de olvido (eran los 80, donde el rock y el folk eran cadáveres excelentes). Robbie Robertson explica en The Last Waltz que lo dejaban para no quedarse en la carretera. Se acuerda de Jimi Hendrix, de Janis Joplin, de muchos otros. No quiere ser el siguiente. Lo sería Richard Manuel, que optó por cortar de raíz colgándose del cable de la ducha tras una actuación, en 1986.  También Rick Danko, el bajista, fallecería con 57 años, mientras dormía, en 1999.
Levon Helm siguió desde entonces ofreciendo algunos discos destacados y muchos conciertos, recibiendo los honores como padrino de toda la escena moderna del folk, del rock, y de ese fantasma llamado Americana. Los otros The Band, Garth Hudson y Robbie Robertson, han ido dando algunos capítulos más a la música en forma de discos, aunque Helm fue el que mantuvo esa veta de homenaje a la música de su tierra, canción tras canción. En algunos vídeos de youtube podemos verlo con Balck Crowes, con Wilco, con Allman Brothers... Ya sin voz, pero con sus baquetas, mandando desde la batería, poniendo el ritmo a tantas y tan buenas melodías.
Levon ha bajado la montaña. Es hora de tomar una cerveza y brindar. Por aquellos tipos que llevaban barba y dejaron las mejores canciones de una época.


"Nunca nos pusimos vestidos (…) ni nos maquillamos la cara. Nunca hicimos estallar ninguna bomba en el escenario (…) Nunca nos pusimos pantalones ajustados ni grandes anillos de turquesa. Que yo recuerde, nunca meamos en el escenario ni tiramos ninguna televisión por la ventana. Pero hoy el negocio de la música se ha convertido en algo parecido a Vietnam: unos pocos ganan un montón de dinero, hay otros que prefieren no pensar y en cinco años apenas quedará nada que no sea una mierda". Levon Helm

 

viernes, marzo 2

LAS VIGAS

Alberto López Aroca es un amigo que entre muchos favores literarios tiene el haberme recordado que lo mejor de El Halcón Maltés no sale en la película de Bogart, y sí en la obra de Dashiell Hammett. Es una historia que cuenta Sam Spade sobre un caso que investigó: la desaparición de un hombre, alguien corriente, con buen trabajo, con esposa, buena casa... El hombre desaparece sin más. Spade le encuentra finalmente viviendo con otra identidad, en otra ciudad. El hombre había decidido cambiar de vida porque un día, caminando hacia el trabajo, pasó por un edificio en construcción y una gran viga cayó a su lado. Medio metro más y habría muerto. Sam Spade cuenta que el hombre comprendió entonces que la vida no es esa sucesión ordenada y racional en la que intentamos convertirla. En cualquier momento una viga te cae y se acabó. Así puede ocurrir, aunque uno se haga sus planes. 
Recuerdo esta escena porque hemos llegado a un momento social en el que muchos han descubierto la misma eventualidad de sus vidas. Las vigas caen de muchas maneras. Hay pocas formas de estar seguro se esté donde se esté, socialmente hablando.  Concretando más el símil, es el camino laboral y profesional el que más complicado se ha hecho de andar. Con la ley en la mano -la nueva ley- el trabajo indefinido vale poco. Tener uno pensando que se tiene seguridad es lo mismo que agarrarse a las orejas cuando uno se despeña por un barranco. Como los tiempos no serán mejores si las ideas que rigen nuestros gobiernos se mantienen, es normal que la contestación ciudadana vaya a más. Si hay algo sin lo que no podemos vivir es la seguridad, lo que da el dinero, por ejemplo. Ahora que las vigas caen sin cesar, y que este gobierno adelgaza a marchas forzadas los sistemas de rescate de los heridos (salud, educación, gasto social) se puede pensar en serio en otra gran emigración. Se acabó lo de «los españoles primero». Tocará pedir, rogar, dar gracias. El hombre al que encontró Sam Spade estaba en otra ciudad, con otra mujer, otro trabajo. En su huida de lo racional acabó aferrándose a la única misma cosa: Seguridad. No sé dónde habrá refugio para tanto paria como empieza a campar por la madre patria, pero empieza a ser hora de que lo de antisistema deje de ser un insulto. Digo yo.

miércoles, febrero 8

LA MEMORIA, LOS ZOMBIES Y LEONARDO SCIASCIA


Perdonad mi ignorancia, pero no sé si mucha gente vio algo de este caso en la televisión. Yo lo escuché de casualidad en algún canal, y tuve que frotarme los ojos para creerlo. Es algo espectacular, digno del mejor guionista. La historia se resume en que un músico de lo más popular en Sudáfrica (algo así como Bisbal para los españoles) se muere en 2009 «tras beber el brebaje de un curandero. Funerales de Estado, casi, conmoción popular, estilo Michael Jackson. Pero lo bueno llega ahora. Más de dos años después aparece el cantante, Khulekani Mseleku «más conocido como Mgqumeni», según el texto, en plan espectacular, con miles de personas recibiéndole cuando se conoce su resurrección. La policía investiga el ADN del tipo, por comprobar si es él o no. Peor lo mejor es la historia que cuenta, en un país muy dado a creer en los muertos vivientes (¿como el nuestro?). A Mgqumeni lo sacaron de la tumba unos zombies que lo secuestraron después en una cueva donde ¡le obligaban a cantar! y donde tenía que alimentarse, ¡de barro!. ¿Eran zombies fan? En su reaparición le pidieron que tocara y canatara algo, en medio de un baño de masas, pero Mgqumeni no cantó. Después de dos años interpretando sus éxitos para un colectivo de walkin deads, es de entender.  La cosa no acaba ahí: como dice el artículo de la BBCl, la bisabuela del cantante ya ha dicho que el tío no es su bisnieto. Aunque no he consultado las noticias, creo que escuché que había dos mujeres que habían reconocido al resucitado como su marido. Fin da la historia, a la espera de saber cómo acaba. Si no es él, los vivos harán como los zombies, pero al revés. Ellos resucitaron a un muerto, y los fans del fallecido en 2009 van a asesinar a un vivo. Con seguridad.
La historia es tan particular que merecería haber ocurrido en Italia, dirá alguno. Toda la razón, salvo que ya ocurrió, afortunadamente sin zombies de por medio. Leonardo Sciascia lo cuenta en un notable libro, El Teatro de la Memoria, algo que leí hace un tiempo y que recopila la indagación sobre el caso del «desmemoriado de Collegno», acaecido a mitad de la década de los 20 en Turín. En síntesis, un hombre que no sabe quien es es arrestado en un cementerio por robar. Lo ingresan en un manicomio, pues nadie lo reclama ni lo reconoce. Tras publicar su foto en un diario, una mujer lo reconoce como su marido, profesor de filosofía, desaparecido en la Gran Guerra. Lo trasladan a Verona, misterio resuelto. Peor llegan unas cartas anónimas que advierten de su falsa identidad. Conocidos del profesor (Giulio Canella, se llamaba) también dudan de que sea él. Su mujer se mantiene en que es él. El tiempo pasa, Canella vive cómodamente con su familia, pero las huellas dactilares acaban identificándolo como otra persona: Mario Bruneri, de profesión tipógrafo, acusado de robo y estafa. Como con el músico africano, la familia Canela y la familia Bruneri litigaron para determinar quién era. Seguramente Bruneri sabía quien era, pero la familia Canella era acomodada. La suya no. En 1931, después de un largo proceso judicial, el Estado italiano determinó que el ladrón del cementerio era Mario Bruneri. La familia Canella continuó pidiendo la potestad del desmemoriado. Que por cierto durante ese tiempo intentaba fingir.
Recomiendo que lean el libro de Sciascia. La memoria también es una impostura. Hasta los zombies son capaces de alterarla.

A la izquierda, Canella; a la derecha, Bruneri. Como gotas de agua para la mujer del primero

lunes, mayo 9

SANTUARIO: BARREDA Y SAN MATEO



Si en los próximos meses tienen pensado ir a Roma les aconsejo la iglesia de San Luis de los Franceses, donde residen obras pictóricas muy interesantes del célebre Caravaggio. Hay otras iglesias romanas con impresionantes lienzos del autor, y la guinda para el turista interesado en el pintor es el Museo de Capodimonte, en Nápoles. Si hacen el recorrido, seguro que piensan que hay algo familiar en el tratamiento de la luz y las sombras. No teman, es porque se están acordando del cartel electoral de José María Barreda, instalado desde este viernes. En campaña todo se comenta, parece que todo sea importante, que cualquier gesto esconda un motivo, un fin, un escondido símbolo introducido sutilmente por el leviatán político de turno. Así que, ¿cómo ha sentado este cartel de tintes oscuros, tan rupturista? A quien haya peregrinado por los cuadros de Caravaggio le es fácil hacer paralelismos entre algunos personajes retratados en los lienzos y la trayectoria de este Partido Socialista castellano-manchego. En San Luis de los Franceses descansa La vocación de San Mateo, el episodio donde Jesucristo le dice «sígueme», y Mateo se levanta y va con él. Al contrario que Mateo, el presidente regional no ha tenido un solo maestro. Siguió a su antecesor, y de él aprendió que de vez en cuando hay que dar un capón al Gobierno de turno, aunque sea de los mismos colores. Así, Barreda ha seguido unas veces la senda marcada por la calle Ferraz, y otras la que le marcaba la necesidad de tomar distancia con la deriva del maestro Rodríguez Zapatero. La jugada no es tan mala, al menos de momento. Barreda, iluminado por la luz como en el lienzo, sabe que ni mucho menos hay un pronóstico claro para el 22-M. Si el Partido Popular vence aquí y consigue un contundente triunfo a escala nacional, al menos él habrá hecho méritos para ser de los que puedan quedarse en el barco socialista federal para trabajar en el proyecto futuro, mientras que otros tendrán que bajarse de ese barco, y cargar con la culpa. En la posición que Barreda tomó dentro de su partido hay que reconocerle el movimiento inteligente. Al fin y al cabo, a San Mateo lo martirizaron, como pueden ver en la misma iglesia. A Barreda, si no gana, le seguiremos viendo de profeta.

martes, octubre 12

TTL, Manuel Alexandre (¡Que os vais a perder el juicio final, gilipollas!)


¡Que os vais a perder el juicio final, gilipollas! Así gritaba el personaje que interpretaba Manuel Alexandre al final de Total, una especie de corto largo de José Luis Cuerda en la línea de Amanece... y Así en el cielo... que por alguna razón está en el olvido. No recuerdo cómo se llamaba Alexandre en ese papel, donde gritaba lo del juicio final acompañado de Luis Ciges. La cosa era que llegaba el fin del mundo, y Alexandre, que ya estaba muerto, resucitaba todo contento, en medio del cabreo de su padre (Agustín González), quien le pedía de malas maneras que se volviera a meter en la tumba. Curioso era que Manuel Alexandre hacía de hijo de Agustín González siendo en verdad más viejo, pero esa disfunción temporal quedaba explicada en el corto. Siempre pensé que me acordaría de Total el día que Alexandre dejara de respirar. Yo soy uno más de los que siente que la gente se tenga que morir, mucho más cuando quien se va es este actor, o José Luis López Vázquez, o Agustín González. Como estos dos últimos, Alexandre caía bien a todo el mundo, o quizá incluso caía mejor que cualquier otro. Mi memoria personal lo ha fijado actuando Plácido, que es mi película española favorita. Cada uno tendrá la suya, supongo.
A mi manera, me sentía obligado a escribir hoy. También es oportuno, porque la primera cosa que yo firmé con mi nombre en un periódico fue un artículo al hilo de la muerte de Agustín González, y entonces todavía eran compañeros de reparto él y Alexandre, junto a López Vázquez, en una obra de teatro que se hacía en Madrid. No queda ninguno de los tres comediantes, de los comediantes con mayúscula. Estarán los primeros para el juicio final, después de todo.

domingo, agosto 8

CANDY CITY: TODOS MUERTOS NO ES SUFICIENTE

“En Malpaso no necesitamos un equipo de veintiséis personas y una oficina preciosa. Con un pack de media docena de cervezas, papel y bolígrafos ya podemos trabajar”.

Eso decía Clint Eastwood de su productora, Malpaso, hace ya unos cuantos años. La cita me sirve para hablar de la novela Candy City y de Alberto López Aroca, su autor. Para ahorrarnos extendernos sobre su proceso de elaboración les remito a las palabras de Eastwood.

¿Ya?

Bueno, entonces hablemos de Candy City, quizá el libro con el promedio de muertes por párrafo más alto –aunque no los he contado. Alberto ya avisó que era un homenaje a gran parte del mundo literario –y cinematográfico- del que bebe su pluma. Y sí lo es, es un libro que debe mucho de su forma a las formas que introdujo un señor llamado Jim Thompson en la novela negra. Entre otras,  el punto y aparte a todas las convenciones del género y muchas menos explicaciones “sociales” de porqué un monstruo es un monstruo. Porque no hace falta explicar porqué un hijo de mala madre se convierte en un hijo de mala madre,  y en este libro se demuestra. Además en Candy City no hay nadie que no sea la peor persona del mundo. 
Hay más cosas de Thompson –que tampoco son sólo suyas-, como utilizar la elipsis y mover el tiempo de la acción para contar varias historias en la única historia del personaje central. Coincidencia que no lo es:, este protagonista se apellida Thompson, y es un matón-guardaespaldas-gangster- estilo Luca Brasi (de El Padrino novela, no del film) sin ningún motivo para arrepentirse de la vida que lleva/ha llevado. Luego están los secundarios, casi un personaje solo y coral llamado “ciudad americana”, en este caso Candy City, donde cualquiera tiene un motivo para matarte. Y un personaje de los que más nos gustan, el señor Porlock, que esperemos aparezca en la secuela que –no lo dudamos- existirá. 
Porque hay demasiada gente viva en esa ciudad, y los muertos nunca son suficientes.

martes, agosto 3

JIM THOMPSON EN EL ESTÓMAGO (DE NUEVO)

En las lecturas de verano se me ha colado 'Hijo de la ira' (editado por RBA) casi sin yo quererlo. Es uno de los últimos libros que Jim Thompson escribió, justo antes de aquél 'King Blood' hoy imposible de encontrar. En algunos sitios se dice que es su última novela, pero no es así -creo que la última está editada en castellano como 'El embrollo'.
No sé si 'Hijo de la ira' tiene muchos partidarios. Es difícil estar a favor de un relato tan sórdido y desagradable. Por supuesto, yo soy uno de sus partidarios. Aunque duela el estómago en algunas páginas.
Los libros de Thompson nunca so fáciles, y cais nunca son agradables. Te hacen percibir incluso por el olfato que tenemos una forma de vivir propensa a crear verdaderos hijos de perra. Monstruos. Son ellos, pero somos nosotros. Cualquiera de nosotros. Por eso leer a Thompson tiene incluso mérito. Un libro suyo, y en especial 'Hijo de la ira', es como tragarse un anzuelo. Va haciendo sangre conforme baja por la garganta, pero sólo puedes continuar, hacer que baja y llegue hasta las tripas. Avanzas en la lectura y te acostumbras un tanto al clima de dolor, sabiendo que, al final, muy al final de trayecto, respirarás aliviado, aunque te mane la sangre por los poros de la piel.
Después de leer una decena de títulos de Thompson -con lo que aún me faltan otros 20, más o menos- es reseñable que un libro más, 'Hijo de la ira', pueda sorprender. Pero lo hace. No sólo sorprende, a ratos parece su libro más logrado, con párrafos donde empequeñece a aquellos sociópatas tan suyos de sus novelas más nombradas, 'El asesino dentro de mí' y '1.280 almas'. Este nuevo protagonista, el joven Allen Smith, es capaz de merendárselos por el camino. Y da miedo. Así que echen un vistazo.


Jim Thompson y un gato sociópata

sábado, julio 3

MI AUTÓGRAFO DE ELLROY


Prometí poner el autógrafo de Ellroy. Es como en el capítulo de Los Simpson, "has puesto mi nombre, yo quería el tuyo". Cuando lo vi a poco me muero de la risa.

lunes, junio 21

MY FAVOURITE THINGS III: MICHEL PETRUCCIANI


Tengo que escribir algo sobre la música, una vez que me entero de que hoy es su día, aunque sospecho que no va a generar demasiadas actividades extra en mi ciudad. Supongo que no ocurre lo mismo en la vecina Francia, donde nació esta celebración hace 28 años, según creo. Hoy París será una ciudad con banda sonora, con cientos y cientos de artistas tocando en todas partes. Qué envidia.

Mi aportación a un día tan hermoso como el de la música es esta recomendación, precisamente un francés, y un francés admirable. Se llamó Michel Petrucciani –su abuelo era napolitano- y fue un pianista de jazz, acaso el pianista europeo más querido y celebrado en sus apenas 36 años de vida. Una corta carrera para un músico de un metro de estatura, sufridor de la enfermedad de los huesos de cristal, y sin embargo una deslumbrante trayectoria en forma de discos, conciertos, y un sinfín de colaboraciones con toda la escena jazzística de ambos continentes. A falta de poder escuchar todo lo que grabó en tan pocos años, recomiendo tres discos: ‘Power of Three’ (1986), grabado en Montreux con los monstruos Jim Hall (guitarra) y Wayne Shorter (saxo). ‘Both Worlds’ (1997), de estudio, donde aparece un trombonista quye me gusta mucho, Bob Brookmeyer, además de sus casi inseparables Steve Gadd y Anthony Jackson. Y el tercer disco, ‘Trio in Tokyo’, editado de forma póstuma –Petrucciani murió en 1999-, grabado de nuevo con Gadd y Jackson.

Desde que lo conocí en sus discos, a Petrucciani me lo he ido encontrando casi en todas partes. Roberto Saviano le dedica un bonito artículo en su compilación de textos ‘La belleza y el infierno’. Mi historia personal con Petrucciani tiene también un encuentro casi físico. En París, deambulando por el cementerio de Père-Lachaise, encontré de casualidad el lugar donde el pequeño Petrucciani descansa. En su homenaje póstumo, el pianista se hizo enterrar junto a la tumba de Chopin. No me digan que no es una buena historia, en un día como hoy.