Marcelo Ortega, periodista
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lunes, diciembre 14
lunes, julio 13
UNA FLOR DE PLÁSTICO
De todas las últimas canciones de Javier Krahe me gustaban muchas, aunque a lo largo de los años haya ido dejando tantas y tan buenas. Todo el mundo se acuerda de ‘La Mandrágora’, pero quienes conocimos al tío Javier en los conciertos del Central siempre nos pareció su mejor disco el primero de los directos allí grabado, ese ‘Cábalas y cicatrices’ de principios de siglo (XXI), donde todo el repertorio era un ejemplo de hasta dónde se puede rimar, imaginar e inventar con música muy cuidada de fondo. En las navidades del año de ese disco, 2002, fue cuando nos acercamos por primera vez al pequeño café de la plaza del Ángel. Como llegamos con tiempo a Madrid y la garganta se nos secaba, cuando llegó la hora del recital estábamos más que contentos. Los músicos y el público lo pudieron comprobar bien: Cantábamos a coro y a voz en grito como si el concierto lo dieran en Las Ventas.
Con los conciertos de Krahe siempre tenías a mano al artista. Le saludabas antes y después, te hacías las fotos de rigor. Le dabas la tabarra, en mayor o menor grado, dependiendo de la alcoholemia previa que tuvieras encima. Aquella primera vez nos aguantó educadamente, pese a que le habíamos dado la noche (otros músicos así nos lo dijeron, con peores modos, pero con la misma razón). Lo más parecido a una queja de Krahe fue decir que no deberíamos haber llegado a los bares con tanta antelación. Vaya que no.
Desde aquella primera vez volvimos muchas veces, siempre en Navidad, a ver a Javier Krahe y toda su banda, como se anunciaba en el clásico letrero con rotulador rojo y azul. De aquella vez y de otras cuantas también falta ahora Jimmy Ríos, percusionista, fallecido el año pasado. Con gente diferente, pero con la misma ilusión, la cita en Navidad y en el Central no faltó desde entonces casi ningún año. Si había suerte, y si no tenía otros compromisos, el artista acababa charlando en la barra contigo. Nos pasó dos veces con un mayor minutaje, con conversaciones que hoy me gustaría recordar mejor, pero la bebida hace estragos. Una vez casi lo acompañamos hacia su casa, pero preferimos dejar a Krahe en compañía de un tipo pelma que no se separaba de él pese a que lo conocía solo de esa noche: «Es un psiquiatra, pero un psiquiatra que necesita ayuda», nos dijo Javier. Yo tenía envidia de otros seguidores que habían hecho amistad con el artista, y que parecían tener confianza para preguntarle por los asuntos cotidianos. Muchos eran más jóvenes que yo, y esa relación cordial la habían forjado a base de estar en los conciertos una y otra vez, de estar en la barra al terminar, y rezar, como hacíamos nosotros, para que el maestro se viniera a saludarte y compartir contigo su whisky con agua y el purito (cuando aún le dejaban fumar dentro). Muchos podrán escribir hoy su particular experiencia personal con este escritor, cantante. Lo que fuera.
Que se muera Javier Krahe, que se muriera hace solo unas horas, ha sido una sorpresa. Se murió junto a la playa, que tanto quería, pese a lo madrileño que era, y yo me enteré junto a la playa. Sólo unos días antes, yo me acordaba de su canción ‘Días de playa’, porque siempre se me viene a la cabeza contemplando el mar, «una redundancia». Después de todo, creo que no ha sido un mal final. Alguien ya lo ha escrito, es difícil imaginarse a Krahe retirado, envejeciendo hasta el punto de tener que decir «lo dejo», aunque disfrutara tanto del dolce far`niente y supiera disfrutar de la vida viviendo de su trabajo, lejos de modas, con su habitual camisa blanca, la barba amarilla, y ese tic del bigote que advertías viéndole de cerca. No habrá próxima vez, como la parca le decía a su personaje, el tío Marcial, cuando iba a buscarlo. Aquella canción de cuando yo nací decía que el hombre, intentando trascender, se empeñó en dejar «un libro, un hijo y un árbol» a su paso por el mundo, pero este mundo de obstáculos le hizo un desencantado, y el tío Marcial decidió que si vivía otra vida dejaría «un borrego, una fotonovela, y una flor de plástico». Visto hoy, no es tan mal legado. Salud.
Con los conciertos de Krahe siempre tenías a mano al artista. Le saludabas antes y después, te hacías las fotos de rigor. Le dabas la tabarra, en mayor o menor grado, dependiendo de la alcoholemia previa que tuvieras encima. Aquella primera vez nos aguantó educadamente, pese a que le habíamos dado la noche (otros músicos así nos lo dijeron, con peores modos, pero con la misma razón). Lo más parecido a una queja de Krahe fue decir que no deberíamos haber llegado a los bares con tanta antelación. Vaya que no.
Desde aquella primera vez volvimos muchas veces, siempre en Navidad, a ver a Javier Krahe y toda su banda, como se anunciaba en el clásico letrero con rotulador rojo y azul. De aquella vez y de otras cuantas también falta ahora Jimmy Ríos, percusionista, fallecido el año pasado. Con gente diferente, pero con la misma ilusión, la cita en Navidad y en el Central no faltó desde entonces casi ningún año. Si había suerte, y si no tenía otros compromisos, el artista acababa charlando en la barra contigo. Nos pasó dos veces con un mayor minutaje, con conversaciones que hoy me gustaría recordar mejor, pero la bebida hace estragos. Una vez casi lo acompañamos hacia su casa, pero preferimos dejar a Krahe en compañía de un tipo pelma que no se separaba de él pese a que lo conocía solo de esa noche: «Es un psiquiatra, pero un psiquiatra que necesita ayuda», nos dijo Javier. Yo tenía envidia de otros seguidores que habían hecho amistad con el artista, y que parecían tener confianza para preguntarle por los asuntos cotidianos. Muchos eran más jóvenes que yo, y esa relación cordial la habían forjado a base de estar en los conciertos una y otra vez, de estar en la barra al terminar, y rezar, como hacíamos nosotros, para que el maestro se viniera a saludarte y compartir contigo su whisky con agua y el purito (cuando aún le dejaban fumar dentro). Muchos podrán escribir hoy su particular experiencia personal con este escritor, cantante. Lo que fuera.
Que se muera Javier Krahe, que se muriera hace solo unas horas, ha sido una sorpresa. Se murió junto a la playa, que tanto quería, pese a lo madrileño que era, y yo me enteré junto a la playa. Sólo unos días antes, yo me acordaba de su canción ‘Días de playa’, porque siempre se me viene a la cabeza contemplando el mar, «una redundancia». Después de todo, creo que no ha sido un mal final. Alguien ya lo ha escrito, es difícil imaginarse a Krahe retirado, envejeciendo hasta el punto de tener que decir «lo dejo», aunque disfrutara tanto del dolce far`niente y supiera disfrutar de la vida viviendo de su trabajo, lejos de modas, con su habitual camisa blanca, la barba amarilla, y ese tic del bigote que advertías viéndole de cerca. No habrá próxima vez, como la parca le decía a su personaje, el tío Marcial, cuando iba a buscarlo. Aquella canción de cuando yo nací decía que el hombre, intentando trascender, se empeñó en dejar «un libro, un hijo y un árbol» a su paso por el mundo, pero este mundo de obstáculos le hizo un desencantado, y el tío Marcial decidió que si vivía otra vida dejaría «un borrego, una fotonovela, y una flor de plástico». Visto hoy, no es tan mal legado. Salud.
miércoles, mayo 27
CONVENCER POR SIGNOS
Se acabaron los tiempos en los que el político estaba solo ante el público de cada mitin. Es verdad, a veces los partidos colocan detrás a sus juventudes, o a sus nuevas generaciones, pero la sentencia viene a colación por las figuras que están al otro lado del escenario. De negro, moviéndose, traduciendo al lenguaje de signos cada palabra, cada modulación del discurso del candidato o candidata. Así trabajan los intérpretes que hacen que los mensajes de estos días de campaña electoral lleguen a todos, también a las personas sordas. Un trabajo aún poco conocido, pese a que la lengua de signos es por ley un lenguaje más.
Convertir a los gestos conceptos como democracia, ciudadanos, votos o recortes tiene detrás a personas muy preparadas cuya presencia en los mítines tiene que ver con el servicio de interpretación de la Federación de Personas Sordas de Castilla-La Mancha. Su coordinadora, Mari Carmen Castro, explica que muchos de estos intérpretes son los que dan el servicio de acompañar a usuarios que necesitan su ayuda para hacer cualquier trámite en su vida diaria: «Ir al banco, presentar un documento, la renta… En la federación tiene siete intérpretes, pero ahora también tenemos que contar con intérpretes de una bolsa, y por zonas, según donde sean los actos». La coordinadora indicaba que en campaña y también en otros momentos «el PSOE siempre ha contado con nosotros para los actos; otros partidos también llaman para actos puntuales». Los intérpretes son cada vez más presentes, aseguraba: «Se viene haciendo más desde que se aprobó la ley que reconoce la lengua de signos como una lengua más».
María Lobato es una de esas intérpretes, con ocho años de experiencia. Explica su trabajo después del mitin de Emiliano García-Page en Illescas, señalando que contar signando lo que dice un político es muy diferente de hacer la traducción de otros textos: «Me encanta hacer estos actos, los políticos hablan muchas veces con circunloquios, metáforas… Eso te hace tener que saber explicarlo. Además, no solo vas signando, tienes que traducir con todo el cuerpo. Si el que habla es tajante, tú también tienes que serlo». Esta intérprete comentaba que le lengua de signos también implica no dejar nada por omitido: «Tienes que saber cosas de la actualidad, porque a veces debes añadir información. Por ejemplo, si Page alude a 'lo que ha pasado a Susana Díaz', tengo que explicar eso; si no, para una persona sorda eso queda muy pobre».
Dividir la mente
Expresividad, conocimiento de los temas que se tratan, y también mucha concentración son ingredientes que se necesitan para que el discurso del candidato llegue en todo detalle a quien no puede escucharlo, comenta María: «Es muy enriquecedor, pero requiere mucha concentración, por eso también terminas agotado. Tienes que dividir la mente en dos, por un lado escuchas, y por el otro haces los signos, no sólo con las manos. A veces tienes que detenerte en explicar algo y mientras sigues escuchando para no dejarte nada». Esta forma de trabajar requiere técnica, aunque asegura que con la experiencia todo se automatiza: «Yo ya no me dejo ni una palabra sin hacer; a lo primero cuesta más. Necesitas mucha rapidez mental para ser fiel al discurso, y eso requiere también conocer la actualidad, saber de qué se está hablando».
El final del mitin es el momento de percibir el cansancio, comenta María: «Mientras signas no lo notas, como cuando haces un examen de tres horas, y es al terminar cuando llega la fatiga». La recompensa, en cualquier caso, también llega: «Las personas sordas quedan muy agradecidas por ir a un acto y poder entenderlo todo». Escuchar sin poder escuchar.
lunes, mayo 25
'TIRANDO, TIRANDO', crónica de una campaña electoral
15 días son muchos días,
salvo cuando son de vacaciones. 15 días, pasando más de 15 horas
viajando con un autobús siguiendo a un candidato a presidente, también
puede ser mucho tiempo, aunque la intensa agenda te haga imitar el ritmo
y adaptarte a pensar rápido, esquivar lo manido del discurso y elegir
las claves, encomendarte a la patrona de la WIFI y los santos que hacen
funcionar a ordenadores, móviles y grabadoras, para después escribir en
la pequeña pantalla en el asiento del autobús, pensando en cómo resumir
todo a la vez que sujetas el portátil para que no salga volando y lanzas
maldiciones a quien inventó los badenes, las rotondas, los infames
guardas tumbados.
Para nosotros la campaña ha sido toda una novedad. Bajamos Del autobús por primera vez en Guadalajara, y hemos tenido la despedida en Salobre, a muchos kilómetros de distancia. Valga la experiencia al menos para darte cuenta de que sí, Castilla-La Mancha es muy grande. Tan grande que de memoria es imposible recordar todas las paradas que la caravana socialista ha hecho. Tan grande como la humanidad que descubres en quien te acompaña, reporteros entregados, mucho más válidos que lo que pone en sus nóminas. Con ellos compartes muchos cafés, bocadillos liados en papel de aluminio pasada la medianoche por carreteras secundarias que no sabías que existían. Luego está hablar con mucha, mucha gente, conocer sus historias, sus quejas porque no hay sillas de ruedas en los hospitales, porque el autobús ya no va de Marchamalo a Guadalajara capital, o porque el sobrino está buscándose la vida en una ciudad de la que su tío no recuerda el nombre: «Es un sitio de Alemania, vaya». A todos hay que escucharles, como si fuéramos también candidatos, como si tuviéramos alguna solución en la libreta, rellena de apuntes. Hasta escuchamos cantar al otro protagonista de esta caravana, Ismael ‘el Bisbal de Malagón’, el mejor ejemplo de que esta campaña no se parece a ninguna, sobre todo porque ya funcionan, y mucho, las redes sociales: De estar con nosotros en su pueblo pasó a estar esa noche en los programas nacionales de televisión, y luego ser noticia hasta en Perú. Nunca un candidato a la Junta llevó su nombre más lejos.
De la caravana guardaremos el recuerdo de leer el horóscopo cada mañana en el micrófono del autobús, también el del conductor, que era Libra, y atentos a lo que los astros decían de Géminis y Sagitario, los signos de García-Page y Cospedal, por si ahí había alguna pista acerca del resultado de mañana. También se nos quedará dentro el soniquete del himno socialista, sonando una y otra vez. Al colectivo de reporteros nos ha gustado en particular la versión jazzística, con swing, crepuscular, esa que hace que parezca que el candidato va a llegar con una gabardina y un sombrero a lo Bogart, para luego pedir un whisky en la barra. Sí, correr de un sitio para otro para contar qué hace y dice un candidato también da para ocurrencias. Y para pasar malos ratos, o muy malos, como cuando la cámara de fotos dijo ‘hasta siempre’ (en Ciudad Real, descanse en paz), y sobre todo cuando hubo que mover carros y carretas para hacer la entrevista a Emiliano García-Page: Después de casi ponernos a llorar, hicimos la entrevista en un restaurante de Santa Olalla, debajo de varias cabezas de toro, mientras nos bebíamos un tinto de verano. Faltaban sólo cuatro horas para que tuviera que estar en la rotativa.
Después de la ‘entrevista como puedas’ ya no tuvimos más crisis. Cualquier cosa comparada a esa mala tarde tiene que ser mejor para un periodista y un fotógrafo. Trabajamos rápido, pero esa tarde fue trabajar en la cuerda floja. También de eso se aprende. Dice Page que él estaría 15 días más de campaña, otras dos semanas escuchando aquello de «tirando, tirando, y sin tirar nada» que le decía su abuela, y que quizá sea una frase que acabe impresa en una camiseta. 15 días son muchos días, pero si nos proponen seguir en ruta diríamos que sí. Lo único, que nos deje descansar hasta el lunes.
Publicado en las ediciones de 'La Tribuna' de Castilla-La Mancha el 23 de mayo de 2015
miércoles, enero 30
PARÁBOLA DE LA ANTORCHA
Evoco
de memoria: En El laberinto de las aceitunas, un empresario
catalán relata una divertida historia del encuentro que una veintena
de hombres de negocios catalanes mantuvieron con Franco, unos años
antes de la muerte del dictador. El empresario, ejemplo de la
burguesía crecida con el padrinazgo del régimen, relata cómo él y
los demás entraron al salón donde Franco los esperaba parapetados
tras caretas de Mickey Mouse. Franco les rió la gracia por el gesto
de las caretas del ratón de Disney: “Con
la manita blanda de que aún se servía hizo un gesto como diciendo
que bueno, que le parecía muy bien. Pero todos supimos que había
entendido”, cuenta el empresario catalán. De hecho, Franco se puso
a llorar, débil, anciano, y el personaje de Mendoza prosigue: “Le toqué con la
mano el antebrazo, otrora férreo, ya piel y hueso, y quise decirle:
«no llore usted, mi general, que no es traición; siempre estuvimos
a su lado y lo seguiremos estando mientras el mundo ruede; pero los
tiempos cambian, mi general, y hay cosas que no se pueden pedir...
Pídanos la vida, mi general, con gusto se la ofrendamos...Pero no
nos pida que cedamos el poder;
eso
no, mi general, usted nos lo enseñó... No es codicia, es el orden
de las cosas lo que está en juego; pase la antorcha, mi general...”.
La historia, tan ficticia que pudo haber ocurrido, continúa con una
imagen jocosa que no cuento. Lean el libro, vale cuatro perras, y
lecciones de historia tan sencillas de entender a ese precio no
abundan. Yo siempre me acuerdo de los 16 empresarios catalanes de
esta historia cuando veo desfilar por mi televisor a los próceres de
CiU. A los Artur Mas, a Jordi Pujol, a Duran i Lleída, a mcuhos más. La vergüenza
que me da oírles hablar en nombre del pueblo catalán es mucha, pero
más vergüenza debe dar ver a ERC aliarse con los reyes del mambo de
la privatización y el expolio. Los que respaldan a los Mossos cuando consiguen sacar sangre de las manifestaciones, los que cierran centros médicos
mientras agitan la estelada y se creen William Wallace cuando agarran
un micrófono. Olé. Los amigotes de la derecha de Madrid, los otros
herederos de la antorcha, encantados. Mientras sigue el ruido absurdo
de la independencia aún tendrán tiempo de regalar algún indulto
más a la crème de la crème de los pocos condenados por corrupción
que en el mundo han sido. Para favores entre bandoleros nunca ha
habido fronteras, que nada une más que el dinero, cuando se sabe
repartirlo y transformarlo en poder de decidir. Quizá los más
cansinos de CiU con la soberanía la quieran para eso, para poder
indultar ellos solos a los suyos, sin tener que pedir favores a los
amigotes de Madrid.
Ya
ven, en esta gente quedó la antorcha de los designios del país hace
casi 40 años, en los de Madrid, Barcelona, Valencia, y cualquier
otro sitio donde haya dinero por ganar, no importa a costa de qué.
Son los mismos. No tienen bandera común, pero saben reconocerse
cuando se ven.
viernes, abril 20
AQUELLOS TIPOS CON BARBA
Si echo la vista atrás me doy cuenta que lo primero que conocí de The Band fue la voz de Levon Helm en Up on Cripple Creek , una canción que aparecía en el directo que el grupo grabó junto a Dylan (Before the Flood). Servidor estaba entonces conociendo algunos discos del bardo de Duluth, y ni me había dado cuenta de que el disco llevaba canciones ajenas al cancionero dylaniano. La voz de Helm cantando al inicio aquello de «when I get off of this mountain» avisaba. Y la cosa iba en serio. Los seguidores de The Band siempre destacan, y con razón, la voz de Rick Danko y la de Richard Manuel. Yo siempre prefería escuchar a Helm, aunque la preferencia es mera educación sentimental. Hoy es difícil no emocionarse escuchándole en The Weight, en Rag Mama Rag, o The night they drove Old Dixie down. Ningún grupo en la historia del rock puede presumir de un repertorio tal. Enorme. Dos dicos, el famoso Big Pink y el llamado album marrón (al fin y al cabo, es homónimo, The Band), incluyen un manojo de canciones insuperables. Aunque quiza la fama haya sobado más el primero, por aquello de la casa rosa y de Dylan, yo siempre me quedo con el segundo. Es un disco sin rival. El sobresaliente de la música y las canciones no se volvería a repetir. Ni falta que hacía.
La historia de The Band se condensa en The Last Waltz, el documental que Scorsese les hizo en un concierto que debió ser de despedida. The Band se acababa, pero Helm y los otros músicos (salvo Robbie Robertson) decidieron que había cosas por decir. Volvieron en los años 80, pero tristemente hay que dar la razón a Robertson: aparte de emocionados y nostálgicos directos, no había nada nuevo que decir. Los años de multitudes y excesos dieron paso a un cierto episodio de olvido (eran los 80, donde el rock y el folk eran cadáveres excelentes). Robbie Robertson explica en The Last Waltz que lo dejaban para no quedarse en la carretera. Se acuerda de Jimi Hendrix, de Janis Joplin, de muchos otros. No quiere ser el siguiente. Lo sería Richard Manuel, que optó por cortar de raíz colgándose del cable de la ducha tras una actuación, en 1986. También Rick Danko, el bajista, fallecería con 57 años, mientras dormía, en 1999.
Levon Helm siguió desde entonces ofreciendo algunos discos destacados y muchos conciertos, recibiendo los honores como padrino de toda la escena moderna del folk, del rock, y de ese fantasma llamado Americana. Los otros The Band, Garth Hudson y Robbie Robertson, han ido dando algunos capítulos más a la música en forma de discos, aunque Helm fue el que mantuvo esa veta de homenaje a la música de su tierra, canción tras canción. En algunos vídeos de youtube podemos verlo con Balck Crowes, con Wilco, con Allman Brothers... Ya sin voz, pero con sus baquetas, mandando desde la batería, poniendo el ritmo a tantas y tan buenas melodías.
Levon ha bajado la montaña. Es hora de tomar una cerveza y brindar. Por aquellos tipos que llevaban barba y dejaron las mejores canciones de una época.
"Nunca nos pusimos vestidos (…) ni nos maquillamos la cara. Nunca hicimos estallar ninguna bomba en el escenario (…) Nunca nos pusimos pantalones ajustados ni grandes anillos de turquesa. Que yo recuerde, nunca meamos en el escenario ni tiramos ninguna televisión por la ventana. Pero hoy el negocio de la música se ha convertido en algo parecido a Vietnam: unos pocos ganan un montón de dinero, hay otros que prefieren no pensar y en cinco años apenas quedará nada que no sea una mierda". Levon Helm
viernes, marzo 2
LAS VIGAS
Alberto López Aroca es un amigo que entre muchos favores literarios tiene el haberme recordado que lo mejor de El Halcón Maltés no sale en la película de Bogart, y sí en la obra de Dashiell Hammett. Es una historia que cuenta Sam Spade sobre un caso que investigó: la desaparición de un hombre, alguien corriente, con buen trabajo, con esposa, buena casa... El hombre desaparece sin más. Spade le encuentra finalmente viviendo con otra identidad, en otra ciudad. El hombre había decidido cambiar de vida porque un día, caminando hacia el trabajo, pasó por un edificio en construcción y una gran viga cayó a su lado. Medio metro más y habría muerto. Sam Spade cuenta que el hombre comprendió entonces que la vida no es esa sucesión ordenada y racional en la que intentamos convertirla. En cualquier momento una viga te cae y se acabó. Así puede ocurrir, aunque uno se haga sus planes.
Recuerdo esta escena porque hemos llegado a un momento social en el que muchos han descubierto la misma eventualidad de sus vidas. Las vigas caen de muchas maneras. Hay pocas formas de estar seguro se esté donde se esté, socialmente hablando. Concretando más el símil, es el camino laboral y profesional el que más complicado se ha hecho de andar. Con la ley en la mano -la nueva ley- el trabajo indefinido vale poco. Tener uno pensando que se tiene seguridad es lo mismo que agarrarse a las orejas cuando uno se despeña por un barranco. Como los tiempos no serán mejores si las ideas que rigen nuestros gobiernos se mantienen, es normal que la contestación ciudadana vaya a más. Si hay algo sin lo que no podemos vivir es la seguridad, lo que da el dinero, por ejemplo. Ahora que las vigas caen sin cesar, y que este gobierno adelgaza a marchas forzadas los sistemas de rescate de los heridos (salud, educación, gasto social) se puede pensar en serio en otra gran emigración. Se acabó lo de «los españoles primero». Tocará pedir, rogar, dar gracias. El hombre al que encontró Sam Spade estaba en otra ciudad, con otra mujer, otro trabajo. En su huida de lo racional acabó aferrándose a la única misma cosa: Seguridad. No sé dónde habrá refugio para tanto paria como empieza a campar por la madre patria, pero empieza a ser hora de que lo de antisistema deje de ser un insulto. Digo yo.
Recuerdo esta escena porque hemos llegado a un momento social en el que muchos han descubierto la misma eventualidad de sus vidas. Las vigas caen de muchas maneras. Hay pocas formas de estar seguro se esté donde se esté, socialmente hablando. Concretando más el símil, es el camino laboral y profesional el que más complicado se ha hecho de andar. Con la ley en la mano -la nueva ley- el trabajo indefinido vale poco. Tener uno pensando que se tiene seguridad es lo mismo que agarrarse a las orejas cuando uno se despeña por un barranco. Como los tiempos no serán mejores si las ideas que rigen nuestros gobiernos se mantienen, es normal que la contestación ciudadana vaya a más. Si hay algo sin lo que no podemos vivir es la seguridad, lo que da el dinero, por ejemplo. Ahora que las vigas caen sin cesar, y que este gobierno adelgaza a marchas forzadas los sistemas de rescate de los heridos (salud, educación, gasto social) se puede pensar en serio en otra gran emigración. Se acabó lo de «los españoles primero». Tocará pedir, rogar, dar gracias. El hombre al que encontró Sam Spade estaba en otra ciudad, con otra mujer, otro trabajo. En su huida de lo racional acabó aferrándose a la única misma cosa: Seguridad. No sé dónde habrá refugio para tanto paria como empieza a campar por la madre patria, pero empieza a ser hora de que lo de antisistema deje de ser un insulto. Digo yo.
miércoles, febrero 8
LA MEMORIA, LOS ZOMBIES Y LEONARDO SCIASCIA
Perdonad mi ignorancia, pero no sé si mucha gente vio algo de este caso en la televisión. Yo lo escuché de casualidad en algún canal, y tuve que frotarme los ojos para creerlo. Es algo espectacular, digno del mejor guionista. La historia se resume en que un músico de lo más popular en Sudáfrica (algo así como Bisbal para los españoles) se muere en 2009 «tras beber el brebaje de un curandero. Funerales de Estado, casi, conmoción popular, estilo Michael Jackson. Pero lo bueno llega ahora. Más de dos años después aparece el cantante, Khulekani Mseleku «más conocido como Mgqumeni», según el texto, en plan espectacular, con miles de personas recibiéndole cuando se conoce su resurrección. La policía investiga el ADN del tipo, por comprobar si es él o no. Peor lo mejor es la historia que cuenta, en un país muy dado a creer en los muertos vivientes (¿como el nuestro?). A Mgqumeni lo sacaron de la tumba unos zombies que lo secuestraron después en una cueva donde ¡le obligaban a cantar! y donde tenía que alimentarse, ¡de barro!. ¿Eran zombies fan? En su reaparición le pidieron que tocara y canatara algo, en medio de un baño de masas, pero Mgqumeni no cantó. Después de dos años interpretando sus éxitos para un colectivo de walkin deads, es de entender. La cosa no acaba ahí: como dice el artículo de la BBCl, la bisabuela del cantante ya ha dicho que el tío no es su bisnieto. Aunque no he consultado las noticias, creo que escuché que había dos mujeres que habían reconocido al resucitado como su marido. Fin da la historia, a la espera de saber cómo acaba. Si no es él, los vivos harán como los zombies, pero al revés. Ellos resucitaron a un muerto, y los fans del fallecido en 2009 van a asesinar a un vivo. Con seguridad.
La historia es tan particular que merecería haber ocurrido en Italia, dirá alguno. Toda la razón, salvo que ya ocurrió, afortunadamente sin zombies de por medio. Leonardo Sciascia lo cuenta en un notable libro, El Teatro de la Memoria, algo que leí hace un tiempo y que recopila la indagación sobre el caso del «desmemoriado de Collegno», acaecido a mitad de la década de los 20 en Turín. En síntesis, un hombre que no sabe quien es es arrestado en un cementerio por robar. Lo ingresan en un manicomio, pues nadie lo reclama ni lo reconoce. Tras publicar su foto en un diario, una mujer lo reconoce como su marido, profesor de filosofía, desaparecido en la Gran Guerra. Lo trasladan a Verona, misterio resuelto. Peor llegan unas cartas anónimas que advierten de su falsa identidad. Conocidos del profesor (Giulio Canella, se llamaba) también dudan de que sea él. Su mujer se mantiene en que es él. El tiempo pasa, Canella vive cómodamente con su familia, pero las huellas dactilares acaban identificándolo como otra persona: Mario Bruneri, de profesión tipógrafo, acusado de robo y estafa. Como con el músico africano, la familia Canela y la familia Bruneri litigaron para determinar quién era. Seguramente Bruneri sabía quien era, pero la familia Canella era acomodada. La suya no. En 1931, después de un largo proceso judicial, el Estado italiano determinó que el ladrón del cementerio era Mario Bruneri. La familia Canella continuó pidiendo la potestad del desmemoriado. Que por cierto durante ese tiempo intentaba fingir.
Recomiendo que lean el libro de Sciascia. La memoria también es una impostura. Hasta los zombies son capaces de alterarla.
La historia es tan particular que merecería haber ocurrido en Italia, dirá alguno. Toda la razón, salvo que ya ocurrió, afortunadamente sin zombies de por medio. Leonardo Sciascia lo cuenta en un notable libro, El Teatro de la Memoria, algo que leí hace un tiempo y que recopila la indagación sobre el caso del «desmemoriado de Collegno», acaecido a mitad de la década de los 20 en Turín. En síntesis, un hombre que no sabe quien es es arrestado en un cementerio por robar. Lo ingresan en un manicomio, pues nadie lo reclama ni lo reconoce. Tras publicar su foto en un diario, una mujer lo reconoce como su marido, profesor de filosofía, desaparecido en la Gran Guerra. Lo trasladan a Verona, misterio resuelto. Peor llegan unas cartas anónimas que advierten de su falsa identidad. Conocidos del profesor (Giulio Canella, se llamaba) también dudan de que sea él. Su mujer se mantiene en que es él. El tiempo pasa, Canella vive cómodamente con su familia, pero las huellas dactilares acaban identificándolo como otra persona: Mario Bruneri, de profesión tipógrafo, acusado de robo y estafa. Como con el músico africano, la familia Canela y la familia Bruneri litigaron para determinar quién era. Seguramente Bruneri sabía quien era, pero la familia Canella era acomodada. La suya no. En 1931, después de un largo proceso judicial, el Estado italiano determinó que el ladrón del cementerio era Mario Bruneri. La familia Canella continuó pidiendo la potestad del desmemoriado. Que por cierto durante ese tiempo intentaba fingir.
Recomiendo que lean el libro de Sciascia. La memoria también es una impostura. Hasta los zombies son capaces de alterarla.
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| A la izquierda, Canella; a la derecha, Bruneri. Como gotas de agua para la mujer del primero |
lunes, mayo 9
SANTUARIO: BARREDA Y SAN MATEO
Si en los próximos meses tienen pensado ir a Roma les aconsejo la iglesia de San Luis de los Franceses, donde residen obras pictóricas muy interesantes del célebre Caravaggio. Hay otras iglesias romanas con impresionantes lienzos del autor, y la guinda para el turista interesado en el pintor es el Museo de Capodimonte, en Nápoles. Si hacen el recorrido, seguro que piensan que hay algo familiar en el tratamiento de la luz y las sombras. No teman, es porque se están acordando del cartel electoral de José María Barreda, instalado desde este viernes. En campaña todo se comenta, parece que todo sea importante, que cualquier gesto esconda un motivo, un fin, un escondido símbolo introducido sutilmente por el leviatán político de turno. Así que, ¿cómo ha sentado este cartel de tintes oscuros, tan rupturista? A quien haya peregrinado por los cuadros de Caravaggio le es fácil hacer paralelismos entre algunos personajes retratados en los lienzos y la trayectoria de este Partido Socialista castellano-manchego. En San Luis de los Franceses descansa La vocación de San Mateo, el episodio donde Jesucristo le dice «sígueme», y Mateo se levanta y va con él. Al contrario que Mateo, el presidente regional no ha tenido un solo maestro. Siguió a su antecesor, y de él aprendió que de vez en cuando hay que dar un capón al Gobierno de turno, aunque sea de los mismos colores. Así, Barreda ha seguido unas veces la senda marcada por la calle Ferraz, y otras la que le marcaba la necesidad de tomar distancia con la deriva del maestro Rodríguez Zapatero. La jugada no es tan mala, al menos de momento. Barreda, iluminado por la luz como en el lienzo, sabe que ni mucho menos hay un pronóstico claro para el 22-M. Si el Partido Popular vence aquí y consigue un contundente triunfo a escala nacional, al menos él habrá hecho méritos para ser de los que puedan quedarse en el barco socialista federal para trabajar en el proyecto futuro, mientras que otros tendrán que bajarse de ese barco, y cargar con la culpa. En la posición que Barreda tomó dentro de su partido hay que reconocerle el movimiento inteligente. Al fin y al cabo, a San Mateo lo martirizaron, como pueden ver en la misma iglesia. A Barreda, si no gana, le seguiremos viendo de profeta.
martes, octubre 12
TTL, Manuel Alexandre (¡Que os vais a perder el juicio final, gilipollas!)
¡Que os vais a perder el juicio final, gilipollas! Así gritaba el personaje que interpretaba Manuel Alexandre al final de Total, una especie de corto largo de José Luis Cuerda en la línea de Amanece... y Así en el cielo... que por alguna razón está en el olvido. No recuerdo cómo se llamaba Alexandre en ese papel, donde gritaba lo del juicio final acompañado de Luis Ciges. La cosa era que llegaba el fin del mundo, y Alexandre, que ya estaba muerto, resucitaba todo contento, en medio del cabreo de su padre (Agustín González), quien le pedía de malas maneras que se volviera a meter en la tumba. Curioso era que Manuel Alexandre hacía de hijo de Agustín González siendo en verdad más viejo, pero esa disfunción temporal quedaba explicada en el corto. Siempre pensé que me acordaría de Total el día que Alexandre dejara de respirar. Yo soy uno más de los que siente que la gente se tenga que morir, mucho más cuando quien se va es este actor, o José Luis López Vázquez, o Agustín González. Como estos dos últimos, Alexandre caía bien a todo el mundo, o quizá incluso caía mejor que cualquier otro. Mi memoria personal lo ha fijado actuando Plácido, que es mi película española favorita. Cada uno tendrá la suya, supongo.
A mi manera, me sentía obligado a escribir hoy. También es oportuno, porque la primera cosa que yo firmé con mi nombre en un periódico fue un artículo al hilo de la muerte de Agustín González, y entonces todavía eran compañeros de reparto él y Alexandre, junto a López Vázquez, en una obra de teatro que se hacía en Madrid. No queda ninguno de los tres comediantes, de los comediantes con mayúscula. Estarán los primeros para el juicio final, después de todo.
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