Marcelo Ortega, periodista

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miércoles, marzo 4

GASSMAN, RISI, Y LOS NUEVOS PARTIDOS

En ‘La marcha sobre Roma’ (Dino Risi, 1962), Vittorio Gassman aparece en los primeros minutos tratando de engatusar a algún incauto haciéndose pasar por excombatiente de la Primera Guerra Mundial, a fin de conseguir casi cualquier cosa: un trabajo, unas monedas, un cigarrillo. Finalmente uno de los bien vestidos que se cruza con él se lo lleva a una taberna. No es un cualquiera: es uno de los que está lanzando el movimiento fascista. Sentados a la mesa, antes de que llegue el camarero para tomar la comanda, al personaje de Gassman le dan un papel para leer: el muchacho lo coge entusiasmado y comprueba que son los puntos básicos del programa político fascista. Con una mueca, se muestra contrariado y piensa en voz alta: «Pensaba que el papel era lo que tenían de menú».
Revisé hace poco la película de Risi, toda una lección de historia italiana y europea que entre otras cosas pone el foco -con mucha mala leche- en los oportunistas que saben ir de un sitio a otro buscando el lugar idóneo desde el que enfocar los días por venir. Ahora que vivimos un tiempo de nuevos partidos y que tanto dan que hablar, no está de más recordar que nunca faltan los oportunistas que entrar en una u otra opción prometiendo trabajar por el bien común para después pensar sólo en su interés particular. La vieja historia, sí. Las malas personas, o los interesados, que los hay en partidos de toda condición, como los habrá en las asociaciones de vecinos. Alrededor mío suelo escuchar opiniones que van un paso más allá, y que refrendan esa idea tampoco nueva de que hay que desconfiar de cualquier persona que se ofrezca para hacer algo por los demás. Me parece una idea muy reaccionaria, creer que lo del compromiso de las personas para con sus semejantes siempre tiene truco. Viene a decir que todos somos iguales, pero para mal: Todos somos egoístas, miramos por lo nuestro )o lo de los nuestros), y por tanto no cabe sino resignarse a tener buenos políticos, buenos dirigentes, políticas que miren por el bien común. Personalmente he tomado la opción contraria: prefiero pensar que en todos los partidos también hay buenas personas. Sé que las hay, he conocido muchas, incluso en opciones políticas que a mi juicio poco tienen que ver con el bien común. Quizá el problema sea que intentamos elegir partidos políticos como quien se hace de un club de fútbol: Con adhesión inquebrantable, para jalear lo bueno y olvidar lo malo, o decir que, al fin y al cabo, si los míos roban también lo hacen los otros. En otros países el voto en la urna se pone con un poco más pragmatismo: No comparto el programa al cien por cien, peor es lo que más se parece a lo que quiero para mi pueblo. Y si después llega el desencanto, pues vuelvo a las urnas para probar otra opción. Con los años, pienso que es una buena manera de funcionar y de hacer política. Mucho mejor que los que dicen “bien o mal, los míos”, o los que con 20 años te aseguran que votarán a fulanito hasta que se mueran. Como si no pudiéramos estar equivocados. Volviendo a la película de Risi, el compañero de Vittorio Gassman es Ugo Tognazzi, en un papel que bien pudiera haber hecho Alberto Sordi. Si Gassman es el fascista interesado porque ve que quizá el movimiento triunfe (y triunfó), Tognazzi es el antaño socialista que se lee el programa fascista y se cree aquello de que repartirán tierras a los campesinos y abolirán los títulos nobiliarios. Conforme avanza la película y conforme se acercan a Roma, Tognazzi saca de vez en cuando el programa fascista y va tachando aquellas cosas que ve que los promotores van dejando de cumplir y de hacer cumplir. Como el respeto a la libertad de prensa, un punto que tacha cuando ve arder una imprenta comunista. No cuento el final, pero en tiempos de tanto ruido y cabreo político no está de más ver el desenlace. Es una gran lección de Historia, esa gran desconocida que, decían, por desconocer estamos condenados a repetir. 

 

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