Marcelo Ortega, periodista

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jueves, enero 9

TRANQUILO, JAUME, QUE LLEGA EL INDULTO




Como si el tiempo se hubiera detenido en un mundo de blanco y negro, más negro que otra cosa, en esta España nuestra, por Palma de Mallorca andan ahora como hace medio siglo. En 1963 un anciano llamado Amadeo (José Isbert) corría tras su yerno, aquel pobre verdugo que hacía Nino Ferreri, y le repetía lo de «José Luis, no te preocupes, que llega el indulto». En pleno 2014, la escena es casi la misma, también la isla, solo que José Luis no se llama José Luis, sino Jaume Matas. Para Amadeo hay muchos candidatos al papel, tantas como vías tiene el partido del gobierno para comunicarse con una Audiencia Provincial. «Jaume, no te preocupes, que al final llegará el indulto». Por el momento, en espera de la medida de gracia que le conceda el ministerio de Gallardón, Matas puede aguantarse plácidamente las ganas de aplaudir el sainete que, después de tanto y tanto delito, le mantiene en su casa, sin carnet del PP, pero con las mismas prebendas y amigos que tenía cuando lo llevaba en el bolsillo. Su lugar de residencia, que antes fue lugar de gobierno, es ahora una zona peligrosa para jueces y fiscales que se apartan del rimado de palacio. Aunque haya casos flagrantes que den vergüenza ajena, léase doña Cristina Federica infanta de las Españas. Al pobre juez instructor le llueven de todos los colores mientras que a los ladrones les siguen guardando mesa en el mejor restaurante, la mejor suite de los hoteles top ten, y hasta en el primer banco de las catedrales. Hay quien se empeña en perdonar, tal es nuestra caridad cristiana. La misma caridad es la que reparten desde las filas populares, aunque se empeñen en decir que lo de la corrupción no va con ellos, y que la combaten a machete. Les va bien, porque estos políticos modernos han aprendido que en este país las manos sucias y el pecado de robar el dinero de todos no se ha castigado en las urnas, al menos hasta aquí. ¿Qué otro país hubiera soportado un partido en el gobierno con la sede registrada por la policía, en plan Marbella? ¿O qué sociedad, si no la catalana, puede aguantar las ganas de matar cuando un político cualquiera (pongamos un nombre ficticio, Artur Mas) se envuelve en la bandera libertaria de la independencia mientras tiene la sede de su partido embargada por otra historia de latrocinio (caso Palau)? Sí, ya sé, la fórmula de estos bandoleros modernos es decir que sin una sentencia firme no hay ninguna medida que tomar, cosa discutible que esconde que quieren seguir ayudando a los amigos, aunque sean saqueadores profesionales, pero es que ni eso: Me acuerdo de un caso cercano, en Castilla-La Mancha, donde uno de los condenados por la Audiencia en el saqueo de CCM es un mandatario popular de Ciudad Real, Carlos Cotillas: cometer irregularidades graves en la caja de ahorros y estar sancionado judicialmente no fue obstáculo para que después María Dolores Cospedal lo eligiera como presidente provincial del PP. Con un par.
Acabemos. Mal está la complicidad de los ciudadanos con los ladrones. Mal está la promoción que de los ladrones hacen políticos de esta catadura moral (caradura moral, quizá, sea más acertado). Peor es que observando las jugadas de los palacios de justicia nos acordemos de los tiempos de Berlanga, y esas imágenes en blanco y negro, y sin embargo, es lo que hay: las mismas estructuras de salvaguarda de los privilegios del poder que había en el franquismo permanecen hoy activas, y pobre de aquel que no ose respetarlas, como al señor juez que se lo ocurrió mandar a la cárcel a un ladrón. No se fijó el magistrado que era un ladrón banquero, capaz de sentarse a la mesa con lo más granado del poder financiero y moral del país, con sitio también en el primer banco de cualquier catedral. Suerte, señor juez. Le va a hacer falta.

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