Marcelo Ortega, periodista

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miércoles, diciembre 26

ME EQUIVOCABA, VALE

Lo confieso: Como trabajador, como uno solo de todos los que aún somos, me siento culpable de no haber hecho más por todos mis conciudadanos todos estos años. Por mi culpa, por mi gran culpa. Cómo no tenerla, cómo no sentirla y compungirse uno, al escuchar hablar de la productividad, la competitividad, el lastre del absentismo laboral, los pecados del vino, del café de media mañana, el cigarrillo de la puerta o la manía de comer algo. España es un país donde se trabaja poco, y se cobra por encima de lo que se trabaja.
Lo confieso, asumo mi culpa. No lo había hecho antes de hoy, aunque ya anduve dándole vueltas a los fallos en los que día tras día he estado incurriendo, mientras los jefes, clementes y con prudencia, preferían morderse la lengua y darme coba, a ver si por intersección de la virgen (pongan la que quieran) cambiaba yo de la noche al día y por fin me echaba sobre los hombros el peso del futuro del país que me corresponde.
Hablemos claro, la he cagado, la cagué, y lo siento. La hemos cagado, claro, porque no he sido yo solo, fue mi culpa y la de mi clase, claro. Después de secundar huelgas, acudir a algunas manifestaciones, secundar protestas de toda índole (menos las del aborto), aquí estoy, pidiendo mil perdones. Me toca tomar ejemplo de quienes lo dictan, dejar de hacer oídos sordos a quienes sí saben señalar qué sobra y qué falta en el mercado laboral. Pienso en Gerardo Díaz Ferrán, ahora que le van mal las cosas. En persona, y a un metro de él mientras sostenía mi grabadora, escuché de su boca la propuesta de “trabajar más y cobrar menos”. Fue en Albacete, en el preámbulo de su intervención en un congreso de la patronal castellano-manchega (Cecam) allá por octubre de 2010. El auditorio entero aplaudió luego sus interesantes ideas y yo, lo confieso otra vez, para mis adentros lo taché de empresario interesado solo en sí mismo y en los amigos de los amigos, en hacer fortuna con todas las grietas por las que uno pueda escapar de cualquier control (judicial, fiscal, laboral). Lo confieso, me equivocaba. En verdad asistíamos a un discurso de un devoto de a pies juntillas del valor del trabajo, la cooperación, el mérito... Valores todos que cuadran con otro de los grandes de España, míster Arturo Fernández, segundo de la CEOE y primero de la patronal madrileña. De este hombre aprendí ya que, en verdad, los que asistíamos a manifestaciones éramos gente fea* (y porque no nos ha visto oler a sudor), de poco valor. Quien quiera ver elegancia, buen vestir y mejor pensar, que aprenda del susodicho: Se echaba al bolsillo 154.000 euros como consejero de Bankia, caso en el que está imputado. Cobraba, sí, pero de trabajar nones: las auditorías de la caja las firmaba sin leerlas: “Si el auditor dice que las cuentas están bien, no iba a leerlas”, declaró ante el juzgado. Ante tamaña demostración de trabajo, Arturo Fernández no hizo nada. No consta que derivara su sueldo al auditor, que al parecer era el único que trabajaba por aquellas reuniones. De suelos como el del susodicho, y de incompetencia como la que confesaba ante el juez, están llenos muchos despachos que, al parecer, no preocupan al partido del poder. Las huelgas daban mala imagen del país, dijeron, sacar comida de los supermercados para llevarla a los pobres también, pero de vagos apadrinados por políticos de la marca PP ni rastro. Este elemento de la patronal también está en la fotografíade la vergüenza, esa que enseña al monarca Juan Carlos de caza, con Jaume Matas, Gerardo Díaz Ferrán, y el susodicho. Vaya tino. Al Rey solo le falta aparecer de vinos con Moriarty, Drácula y Mourinho, pero no sufran: la mala imagen del país es culpa mía, nuestra, de trabajadores rancios anquilosados en el siglo XIX. La foto del Rey, en cambio, es signo de un país moderno, de personas ejemplares que marcan el camino a seguir. Felices fiestas, ea.

*FE DE ERRATAS: Haciendo honor al título, yerro de nuevo. Me advierte el compañero Luis de que  es el Arturo Fernández actor quien llamó feos a los manifestantes. Mil perdones por atribuir al otro A.F. algo que no dijo, y que seguramente tampoco piensa.

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