Marcelo Ortega, periodista

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martes, octubre 9

HERI DICEBAMUS

Como después de un día viene otro a veces no se nota el movimiento; ya saben que el movimiento puede ser en muchas direcciones, hacia atrás, hacia delante. Movimiento es cambio, hasta Aristóteles se dio cuenta, y también lo sabe el Gobierno, aunque a ratos parezca que su movimiento se escribe con mayúscula, así, como quien no quiere la cosa. Para administrar la cosa pública vale todo. Algunos de nuestros gobernantes quisieran haber tenido una máquina del tiempo, volver a tiempos mejores. Como no la hay, legislan echando mano de la nostalgia, y así nos vemos, cada vez más cerca de las estampas amarillas y borrosas del palio, el tricornio, y el hijo del médico a estudiar, que para los demás no queda sitio ni recursos. ¿Programa de gobierno? Entre los mandatos del contubernio europeo y efemeiista, a los mandamases españoles solo les queda margen para obrar entre el folclore, regalos a los amigos, y gestos al ala dura. ¿Que el programa económico nos lo imponen, y además nos cuadra? Pues desde los ministerios hacemos el resto. ¿Que no hay programa? Pues copiamos el de otros tiempos: Religión, familia, patria, orden, trabajo y propiedad. Gobernar como Dios manda, que dijo el presidente cuando era candidato. Mandato divino sería dejar a los inmigrantes sin regularizar fuera de la asistencia sanitaria. Futuras almas para el Supremo, porque se mueren, claro, aunque los mercados no vayan a fluctuar por que sean unos cuantos más o menos. El Gobierno moderno tiene estas cosas, y los votos sostienen cualquier idea, por bárbara que sea. El euro no sabe de compasión. El sol del buen Dios no lleva sus rayos a muchas casas y familias (grazie, don Fabrizio) pero eso no impide que derrochemos gestos de buena voluntad para con sus siervos en la Tierra. Así de bien lucían las peinetas de María Dolores y Soraya en Roma, donde siempre hay hueco para los descarriados, cuando se ha hecho antes la necesaria contricción. Esta es la gente de bien, la que ya era de bien en el siglo diecinueve, y aquí sigue, marcando el futuro de usted y el mío, como si de verad hubiera una máquina del tiempo con la que remontar una inventada edad dorada de la ciudadanía. No hay mucho más donde ocultarse. Mientras unos mueren en las costas como siempre sin ser noticia, los paisanos autóctonos que pueden huyen de este disparate social hacia tierras mejores con la frente marchita, cuatro frases mal dichas en inglés y un billete de Ryanair, rezando para que el avión no se caiga y haya un alquiler barato en la periferia de una ciudad con nombre impronunciable.  Como el buen Dios manda. Donde la máquina del tiempo nos lleve, dentro y fuera de nuestro democrático país.

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