Marcelo Ortega, periodista

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domingo, agosto 26

CUMPLIR LA LEY


Hay mucho que escribir por estos días. Cómo no lo va a haber, con este verano tan poco veraniego, en el que el flujo de noticias ha estado tan por encima de la media. Me ha costado ponerme a opinar algo sobre las hazañas del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), la única noticia que hizo al Gobierno poner en acción a dos de sus ministros, como si fuera la fin del mundo; cuántos hubieran querido ver al ministro de Justicia ponerse a defender con el mismo ímpetu a los miles de ciudadanos engañados con las participaciones preferentes. Bien hubieran podido dar un castigo ejemplar a la canallada bancaria, una buena multa, unos meses de cárcel... Total, si luego el Gobierno los indulta, les devuelve el trabuco y las alforjas, y los promociona para que continúen haciendo el buitre. Pero no, no era el caso, el Sindicato Andaluz de Trabajadores  tuvo la osadía de cruzar una línea roja: la de la propiedad privada. Cuando alguien abusa de la propiedad pública construyendo un chalet donde no se puede, o vallando un camino por el que pueden pasar ustedes o yo cuando queramos, la reacción de los poderes públicos es más bien tibia. Cuando el susodicho tiene dinero y amigos, no digamos, hace el chalet y lo hace un burdel con luces, como el americano del megacasino, ese que tan amigo es de los amigos de la ley (aunque le vaya el FBI detrás). Son paradojas de los que mandan, tan dados a tratarnos como idiotas como a poner a funcionar toda la maquinaria ideológica, y es difícil resistirse a pensamientos inocentes, como que de seguir por la senda de los sindicalistas esto sería el Far West. Pero esto ya es el Lejano Oeste, hay que aguantar ladrones encorbatados a todas horas tomándose el carajillo con el ministro, un ministro capaz de invitar a la redención delictiva de esta forma: «¿Que usted se llevó las inversiones a Dios sepa dónde para no contribuir a los impuestos españoles? Pues vuelva, hombre, que en vez de pagar un 51% de tributos le dejaremos pagar un 10% de lo que dice que nos birló, y aún nos fumaremos un puro (dentro del bar, que a mí me dejan) en agradecimiento a su patriotismo». Mientras se fuman el puro, en la calle, los antidisturbios harán cumplir la ley, sacrosanta cosa que nadie puede burlar en una democracia moderna como la nuestra.

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