Marcelo Ortega, periodista

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viernes, julio 6

TIERRA QUEMADA

Administrar con un manual sin saber mucho más que lo que en él ponga tiene consecuencias. Estamos en el tiempo de recortar todo, lo que hace que cada vez los afectados sean unos, y se vaya perdiendo el feeling con la tropa PP. Si gobernar desgasta, no digamos tener que echar balones fuera para demostrar que uno no es un inepto. Para explicar la era rajoyniana muchos escribíamos sobre la política de tierra quemada. Sin saberlo estábamos haciendo un chiste malo, un ejemplo de humor cruel, porque el fuego ha llegado, y también la cruda realidad a decirle a los gestores que sus ocurrencias suceden, tienen vida más allá de los despachos y de los balances contables, y pueden devastar comarcas enteras. En uno de sus libros, el periodista Enric González habla de los años ultras del neoliberalismo en Gran Bretaña, Thatcher y sus muchachos, que fueron quienes se atribuyen el invento de adelgazar un Estado para engordar la cuenta corriente de los amigos. El periodista cuenta cómo en Londres el afán por quitar gasto les llevó a descubrir un funcionario que era «encargado de patos» en un parque. Imaginen la noticia: despilfarro, descontrol, salarios inútiles. El señor en cuestión se fue al paro, pero, como ahora, la realidad es tozuda: en pocos días la mierda de los animales descontrolados cubría la superficie del parque, que tuvo que ser cerrado. Limpiar el desmierde costó mucho más que el supuesto ahorro previsto por aquellos gestores tan capaces, envueltos en la bandera de la austeridad. Ya ven, está todo inventado. Por España campan los gobernantes populares, malos alumnos de aquellos malos profesores creadores de la teoría neoliberal, eufemismo de la sentencia «coge lo de todos y ponlo en manos de cuatro camaradas». La historia británica es una anécdota al lado de la tierra quemada, que nos visita un verano más. Confío en que cuando nuestros políticos vayan a explicar el ahorro del déficit pongan en alguna parte lo que costará regenerar el terreno de  la catástrofe. Será dinero de todos el que tenga que pagarlo, y me temo que nadie va a perder su empleo por la negligencia de despedir trabajadores de extinción de incendios. No pidan dimisiones, que no las habrá, confórmense con que no saquen pecho por contribuir al desastre.

PD: Servidor, el teclado y la tapa del boli que maltrata mi dentadura nos vamos de vacaciones. El artículo (y todo lo demás) vuelve el 28 de julio.

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