Marcelo Ortega, periodista

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sábado, octubre 3

SANTUARIO: LAS INTRIGAS DE ALARCÓN

Francisco Camps empieza a parecerse al hombre que se tragó el paraguas, sólo a la espera de que se le abra dentro. Para airearse de la confabulación de policías comunistas, esta semana se acercó a lo que antaño fue el castillo de Alarcón, ora parador nacional, para tomar un plato combinado con su buen señor, Mariano Rajoy. Huelga decir lo frustrado del encuentro, que era secreto y ahora saldrá en la revista local incluso, confeccionada por el sacristán del municipio, enclavado casi a la misma distancia de Madrid y Valencia. En mi juventud, cuando las cargas eran menos, también yo fui a Alarcón, en bicicleta, en un trayecto de unos 80 kilómetros que hoy me resulta imposible repetir. Igual de imposible debe de ser para Rajoy entenderse con estos proveedores de votos a quienes ha vendido parte de la ganancia, a sabiendas de que, a poco que hubiera una justicia decente, estos virreyes con peligrosos amigos tendrían que pasar por la pena de banquillo. Igual de imposible que mi vuelta a Alarcón sobre dos ruedas se me antoja la posibilidad de que el líder de la derecha dé un zapatazo en la mesa y mande a espigar a quienes manchan lo que él cree uno de los últimos peldaños en la escalera hacia el trono. Por eso vino don Mariano a Alarcón, voluntarioso, con ganas de escuchar al PP valenciano hecho carne, el enano que más le ha crecido en su segunda legislatura en el banco de la oposición. Don Mariano, en su presunta honestidad de Madrid, quiso quedarse a medio camino de Valencia, en Alarcón, como quien busca al menos ser equidistante de lo que toca y lo que no toca a un alma que se llama decente. Camps, sin embargo, ni siquiera habita en Alarcón. Valencia está en el otro extremo, donde todo lo aprendió. «Quien te aconseja encubrir a tus amigos, engañarte quiere asaz, y sin testigos». No sabemos si el consejo le sirve a Rajoy. No sabemos qué le aconsejó Camps. El dicho lo escribió Don Juan Manuel -vivió y escribió en el mismo castillo- en las enseñanzas que el Conde Lucanor plasmaba tras escuchar a Patronio. Como las intrigas medievales, sólo la piedra de los muros guardará el secreto de las inquinas que nada interesan al vulgo. Ni a Dolores de Cospedal, parece.
Publicado en La Tribuna de Albacete el 3/10/2009

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